Cuando hablamos de adicción, muchas personas piensan únicamente en drogas o alcohol. Pero una adicción puede adoptar muchas formas. Existe la adicción a sustancias, sí, pero también al juego, al móvil, a las redes sociales, a apostar, a comprar, al trabajo, a la adrenalina, a las relaciones tóxicas, al sexo, a la comida basura, a comprar, e incluso a ciertos estilos de vida que mantienen al organismo en un estado constante de estrés y desconexión.
Durante mucho tiempo viví en la montaña, en un lugar apartado sin buena señal de internet ni comercios de ningún tipo, donde había que coger el coche y conducir al menos media hora para ir a un supermercado pequeño. Entonces, en cada visita que duraba unos días, se observaba la ansiedad de las personas para ir a comprar. Cada visita de la ciudad creían necesitar algo y creía que necesitaba ir a un comercio, el que fuese. Algunos buscaban cualquier excusa para ir a la ciudad a comprar. En la casa siempre había de todo, pero la ansiedad por comprar es increíble. Pude observar que esta adicción era, en toda la gente que vivía en la ciudad, incluso más fuerte que la del móvil, y generaba que muchos no pudieran contenerse e hicieran más de una hora de viaje sólo para comprar pan fresco, algún postre o cualquier cosa innecesaria.
Con el tiempo establecí técnicas para disimular esta ansiedad en las visitas, como poner el desayuno en modo «bufet» donde se presentaban todas las opciones para desayunar en una especie de barra, simulando un comercio, y evitando la sensación de necesidad. Si este mismo desayuno lo entregaba servido en la mesa, observé como las visitas tenían mucha más ansiedad, pero cuando lo tenían en una barra ante ellos, y solo debían «elegir» lo que más les gustara, esa ansiedad se disipaba y disfrutaban más del desayuno y del día al completo.
Hay muchas formas de adicciones y casi todo el mundo cree que no está enganchado a nada o que tiene el control completo de su vida.
Algunas personas desarrollan dependencia a estímulos que, en apariencia, forman parte de la vida cotidiana. Revisar el móvil de manera compulsiva, una relación tóxica en particular, la gratificación inmediata constantemente, chismorrear, el trabajo, la agenda, el azúcar y viven atrapados en la ansiedad, destruyen el descanso y el equilibrio emocional. Incluso los niños pueden desarrollar conductas adictivas cuando el cerebro se acostumbra demasiado pronto a recompensas rápidas y estímulos permanentes.
Porque una adicción no siempre consiste en consumir una sustancia. A veces consiste en la incapacidad de detener una conducta que termina alterando nuestra salud, nuestro sueño, nuestras emociones y nuestra forma de vivir.
Abandonar una adicción es tal vez uno de los mayores logros que alguien tiene en su vida. La persona ha tenido que aceptar la realidad, ha tenido que abandonar aquello que sentía que necesitaba, que creía que sin ello no podía vivir, cambiar sus hábitos al completo, con un esfuerzo a veces sobrehumano, y ha tenido que reconstruirse de la nada.
Muchas personas insisten a alguien con una adicción para que simplemente la abandone, sin comprender el enorme esfuerzo psicológico y físico que eso implica. Incluso adicciones pequeñas, aparentemente inofensivas o dosis mínimas. Dejar algo, aunque nos haga daño, es un camino muy difícil que pocos logran seguir. Yo les diría a esas personas que siempre están detrás de otras: eso hace daño, déjalo, no lo necesitas… les diría si ellos han sido capaces de reconocer y abandonar sus propias adicciones, para hablar con esa ligereza y dar consejos tan gratuitos.
Aun así, nos fijamos mucho en la adicción, en el momento en que se abandona, pero poco en la recuperación. En toda esa fase en la que uno se reconstruye moralmente, emocionalmente y psicológicamente. Una reconstrucción que no va de días, sino de años y décadas.
Tras dejar una adicción, algunas personas pueden experimentar síntomas psicológicos o emocionales como ansiedad, depresión, insomnio o dificultades para controlar los impulsos. En ciertos casos, especialmente tras consumos intensos o prolongados, o consumos intermitentes, donde la persona tiene una adicción, la deja, regresa a ella, vuelve a regresar… también pueden aparecer problemas psiquiátricos más graves.
Entonces, un héroe, logra el desafío que supone abandonar esa adicción, ya sea al alcohol, la marihuana, ciertos fármacos o cualquier otra sustancia, ya sea una adicción a un tóxico, al trabajo o a una relación tóxica. El camino suele ser muy largo, lleno de dudas y profundamente exigente. Dejan atrás hábitos destructivos, atraviesan la ansiedad y el síndrome de abstinencia, y aunque hay momentos maravillosos, con el tiempo muchas personas descubren que algo dentro de ellos sigue sin estar bien. Y rara vez relacionan ese malestar con los años de desregulación que sufrió su organismo.
A veces el héroe no sabe si quiera que está haciendo, simplemente le despiden de un trabajo que le alteraba completamente y le absorbía la vida, o el médico le dice que tiene que dejar el gluten por una alergia, pero él no sabe que eso también es un tipo de adicción, porque las personas no somos adictos a «drogas», los humanos nos volvemos adictos al proceso y desequilibrio bioquímico que sufre el propio cuerpo, aunque sea comiendo chocolate o haciendo deporte.
Entonces hay algo que queda atrás, pero nuestro pasado deja huella en el cuerpo y en la mente. Cada hábito repetido durante años modifica de algún modo nuestro cerebro, nuestro sistema nervioso y nuestra forma de responder al mundo.
Uno de los aspectos más afectados en muchas adicciones son los ritmos circadianos. Son los ciclos biológicos que regulan el sueño, las hormonas, el metabolismo, la energía, la atención o el estado de ánimo. Cuando estos ritmos permanecen alterados durante mucho tiempo, puede aumentar el riesgo de insomnio, ansiedad, fatiga persistente, depresión y otros problemas psicológicos.
Casi toda adicción, de una forma u otra, termina alterando estos ritmos naturales. A veces por la propia sustancia; otras, por el estilo de vida que la acompaña: noches sin dormir, estrés constante, impulsividad, aislamiento, ansiedad, desorden físico y emocional. Y cuanto más se alteran estos ciclos, más vulnerable se vuelve la persona a la dependencia y a las recaídas.
Recuperar el equilibrio no consiste únicamente en dejar aquello que nos hacía mal. También implica volver a regular el sueño, aprender a gestionar la impulsividad, estabilizar las emociones, reducir el estrés y permitir que el cerebro recupere poco a poco un funcionamiento más natural. Y eso puede llevar mucho tiempo, incluso años después de haber dejado atrás la adicción.
Algunas personas abandonan sus vicios, pero continúan con todos esos ritmos alterados, por lo que, de alguna manera, han transformado su adicción en otra cosa, ya que realmente, detrás de una adicción, hay otra interna, una bioquímica a ese desequilibrio, a todo eso que ocurre cuando hay una alteración interna en los propios biorritmos.
Dejan ese “cigarro” nocturno, pero ven una película en su lugar, dejan esa substancia que les atonta, pero se vuelven adictos al deporte, abandonan esa relación tóxica, y en su lugar se vuelven adictos al trabajo.
Los ritmos circadianos continúan enganchándoles en un bucle sin fin de ansiedad, e insatisfacción.
Por eso es tan importante cuidar las cosas simples, las sencillas: dormir bien, recibir luz natural, comer a horarios regulares, hacer ejercicio, descansar, relacionarse con el entorno de forma sana. Son hábitos básicos, pero profundamente ligados al equilibrio mental.
Incluso el uso compulsivo del móvil puede terminar afectando estos ritmos. Las redes sociales y muchas aplicaciones están diseñadas para ofrecer estímulos rápidos y gratificaciones constantes, acostumbrando al cerebro a una velocidad y una intensidad difíciles de encontrar en la vida cotidiana. Cuando el móvil se convierte en refugio emocional, cuando se consulta de forma automática cada pocos minutos, cuando reemplaza el descanso, los hobbies, el silencio o el contacto humano, puede empezar a funcionar como una forma de dependencia psicológica.
Y aunque no sea comparable a sustancias más destructivas, sus efectos sobre el sueño, la ansiedad, la atención y el estado emocional pueden llegar a ser muy importantes.
A veces, la persona detecta que algo no va bien, pero en lugar de afrontar el problema solo intenta “dosificar” aquello que le hace daño. Y así el ciclo continúa.
Muchas personas creen que su sufrimiento aparece de la nada, cuando en realidad llevan años viviendo en un estado de desregulación constante. Otras veces ni siquiera existe una adicción clara, sino simplemente un estilo de vida que terminó rompiendo los ritmos naturales del cuerpo y de la mente.
Comprender esto puede ser el comienzo del cambio. Y en algunos casos, también puede ser necesario pedir ayuda profesional para recuperar poco a poco el equilibrio perdido.






