Creando tu realidad

Igual que las ondas se propagan en el agua, cada pensamiento, emoción y acto que tenemos en el día a día, ejercerá una fuerza en nuestra vida, propagándose en todas las direcciones y creando el futuro que tendremos.

Muchas veces buscamos en el pasado esas experiencias que han marcado nuestro presente, buscamos en cómo nos hablaron nuestros padres, lo que vivimos en la infancia o incluso lo que ocurrió en otras vidas, pero pocas veces nos molestamos en pensar qué hará en nuestras vidas cómo nos tratamos a nosotros mismos, cómo nos hablamos, qué sentimos o qué hacemos. Poco nos fijamos en cómo nuestros actos, pensamientos o nuestras emociones diarias transforman la experiencia vital.

Luego nos inquietamos preocupados por las cosas que pueden ocurrirnos, por si algo malo pasara, pero ¿y todo lo malo que nos hacemos nosotros mismos? Eso, tal vez lo justificamos, o lo menospreciamos sin comprender las repercusiones que tiene sobre nuestro cuerpo y nuestra vida.

Igual que todos tenemos un padre y una madre, de una forma u otra tenemos un padre y una madre, en nuestra psique, en nuestro entorno, en nuestro ADN, también en nuestra mente somos el padre y la madre de nuestro yo. Un padre que representa la luz en la mente, la conciencia y el juicio interno, y una madre que representa la intuición, el inconsciente y el mundo interno.

Cuando en los cuentos de hadas el padre o la madre desaparece, se refiere a estos aspectos. La madre del cuento de hadas que desaparece es la desconexión completa con la intuición y el mundo del inconsciente, lo que ocasiona que aparezca una madrastra malvada, que representa un mundo inconsciente oscuro y peligroso, junto con hermanastras: como la codicia o la envidia, para las que el pequeño yo o alma trabajará olvidándose de sí misma. Los aspectos oscuros de la mente, al igual que los monstruos de los cuentos de hadas, son devoradores de nuestra energía ya tención. Los vicios, los defectos, los juicios y creencias erróneas, devoran todo lo que se encuentra a su paso, destruyendo la inocencia, la luz, la calma, la compasión…

Y si no tenemos cuidado, toda la belleza del mundo interior infantil, son devorados por aspectos negativos “postizos” de la vida, lo que quiere decir que no son cualidades con las que se nace, pero se desarrollan en la vida y acaban formando parte de uno mismo.

Finalmente acabamos viviendo para esas sombras de la mente y poco a poco nos debilitamos hasta que todo lo que somos está dirigido a que esas sombras tengan lo que quieren: dolor, miseria, rencor, angustia, depresión, soledad, aislamiento, envidia…

El trabajo personal requiere quitar esas sombras de la mente una a una durante años. Aunque mucha gente considere que el trabajo interior es ver la luz, esa luz está oscurecida por todas y cada una de las sombras que anidamos y alimentamos.

Podemos culpar al pasado del sufrimiento de nuestras vidas, pero realmente, cada persona alimenta ese sufrimiento con sus pensamientos y acciones, con sus emociones y juicios, con su vida en el día a día.

Agarra uno de tus pensamientos cualquiera, uno de esos negativos, juiciosos, densos, y plantéate ¿quién serás dentro de 10 años si cada día piensas así? ¿Cómo eres, en quién te conviertes cuando piensas así?

El ego, la sombra de tu mente dirá que ese pensamiento es la verdad, que es lo que es. O se justificará diciendo que la vida es cruel, mezquina, dura contigo, intentará escapar de esa respuesta, de esa reflexión, entonces pregúntate sobre tu postura, sobre ahora mismo leyendo incluso esto en un ordenador o un móvil ¿quién serás dentro de 10 o 20 años si cada día dedicas tantas horas a leer cosas que otros escribieron, o si tienes la postura que ahora mismo tienes, o si desayunas lo que has desayunado?

La magia es real, y cada día estás haciendo magia, cada día estás transformando, creando, generando. De la nada, te despiertas y se genera un pensamiento, una imagen mental, conectas con el mundo, creces, experimentas, la risa es mágica, el amor es pura magia. Todo es mágico y precioso.

Entonces el ego piensa en la magia como una forma de milagros para conseguir lo que anhela, no le basta con tenerte esclavizado trabajando para lograr su alimento, su atención.

El ego divide la mente en múltiples yoes: el papá, el ingenuo, el enfermo, el rencoroso, el que perdona, la buena persona dentro de ti, el generoso, el adicto, el dormilón, el goloso, el codicioso, a lo que eres forofo, tu orientación política, el yo nacionalista y el yo liberal, el yo espiritual y el enamoradizo, todos los vicios y todas esas manías, yoes infinitos que se crean haciéndote creer que tú eres eso, que lo necesitas, y que son parte de ti. Cada uno requiere su alimento, cada yo quiere y exige atención, energía, tiempo. En esta estrategia del ego de los mil rostros, siempre vives poniéndote y quitándote una máscara, convirtiéndote en ella y esforzándote por darle todo lo que desea. Entonces piensas que eres ella, te identificas con la máscara y te conviertes en la sombra de tu propia mente. Así surge el dolor, del que te apropias y alimentas sin dudar.

Esa máscara, esa sombra, esos aspectos son los que crearán el futuro, por más que hoy tengan una justificación, aunque les encuentres sentido y creas que son esenciales para la vida, son el mañana lo que realmente van a crear.

Algunos grupos espirituales radicales hablan de disolver el yo, pero entonces eres esclavo de otro yo, tal vez un gurú o una realidad invisible ajena a ti. No se trata de disolver nada dentro de ti, necesitas a tu ego, y necesitas tu mente, pura, despierta, completa.

El secreto es comprender que en tu mente hay sombras y hay luz, y lo que alimentes es lo que serás. Y todo lo que eres hoy, lo que vives hoy, es fruto de lo que alimentaste en el pasado.

Por más que culpes alguna persona o experiencia de tu pasado, tu dolor, el rencor o la sabiduría que te entregó, en definitiva, lo que marcará tu vida, surge de cómo te enfrentaste a esa vivencia, y no tanto de la experiencia que tuviste.

Muchas personas se afanan al recuerdo doloroso, o a la justificación de sus actos, de sus pensamientos, o la justificación en el día a día, pero no hay cambio alguno, no hay reflexión, esa justificación les sirve para evitar todo cambio personal interior. Así se sienten víctimas de las circunstancias y del entorno, y creen que trabajan duramente para superar su dolor, mientras perpetúan la situación de vida.

En el dolor físico podemos observarlo claramente. El dolor puede llegar por malos hábitos, por mala alimentación, por exceso de toxinas, o puede que sea una tendencia genética. Entonces toca actuar, tenemos un cuerpo y tenemos que cuidarlo, tenemos una experiencia dolorosa o limitante y tenemos que cuidarnos para que no crezca, aprender a vivir con nuestra limitación.

Algunas personas utilizan el cuerpo como si fuera a vivir eternamente. Lo exprimen y lo quiebran, lo presionan y lo maltratan creyendo que le hacen bien, sin embargo, al cabo de los años hay dolores, lesiones recurrentes y problemas graves de salud que no podemos negárnoslo. La arrogancia juvenil hace que no queramos ver el inevitable destino, y nos entreguemos al mundo deportivo con pasión, sin observar los resultados que en muchos casos aparecen con los años.

Igual que el cuerpo, la mente es el resultado de todo lo que pensamos ayer, de los juicios y de las creencias, erróneas o no.

Me gusta pensar que esas frases son como las perturbaciones del agua, como esas ondas que se expanden transformándolo todo. Un pensamiento positivo, alegre, optimista, transforma la sensación física, la apertura al momento, incluso cambian la percepción, la memoria. Los sabores son distintos cuando estamos alegres o tristes, la vida sabe completamente distinta. Esas perturbaciones y vibraciones que tocan nuestro organismo y nuestra experiencia vital a partir de un pensamiento lo cambian todo, y lo continúan cambiando con el tiempo.

Pero incluso, creyendo que son bromas, que son ironías. Nuestra mente no les presta atención, pero crecen y se expanden con la misma fuerza de que si fueran verdad.

Como mantras, repetimos pensamientos sin comprender lo que hacen. Despreciamos la fuerza que tienen en nosotros y en nuestra salud, sin comprender que, en la fuerza de esa vibración, importa poco si lo que decimos es verdad o es mentira, se integra en nuestra vida de la misma manera.

¡Cuántas frases absurdas llegamos a pronunciar creyendo que son bromas, repitiendo como mantras e ignorando el daño que hacen en nosotros o en el entorno!

Pero para el cuerpo no son bromas, son realidades. Para el inconsciente, que es la mayor parte de ti, esas bromas se leen como una verdad absoluta, y repetirlas sólo las reafirma.

“Esto me enferma”, “no puedo más”, “no aguanto más”, “no hay quien te aguante”, “me sienta mal eso”, “no tengo nada”, “no gano dinero”, “odio mi trabajo”, “nadie me quiere”, “siempre me pasa lo peor”, “nunca…”

Entonces, las palabras vibran y resuenan como una frecuencia que transforma todo lo que somos y la experiencia, hasta que, llega un día en que somos precisamente eso, lo que hemos decretado y creado.

Las palabras son poderosas, los pensamientos son poderosos. De ellas surge la magia. Son vibraciones invisibles que cambiarán la predisposición a vivir una u otra realidad.

Cada juicio negativo transformará la vida y generará dolor hacia otros o en la propia vida. Cada juicio cristalizará una vivencia dolorosa, aferrándonos a ella, como una sombra en la mente, y algún día, tendremos que enfrentarnos a esa sombra.

La magia es la capacidad de transformar, de crear, de manifestar. Todos tenemos ese poder y lo utilizamos cada día, cada instante de la vida.

Tu postura actual está transformando, creando y manifestando aquello que serás en tu futuro. Tu actitud mental, tus emociones, tus dudas, tus expresiones, están transformando, creando y manifestando aquello que vivirás en el futuro.

Eres lo que dijiste, lo que pensaste, lo que te emocionó o lo que hiciste. Tu padre y tu madre, aquellos que te han creado, no son personas externas a ti, sino tu propia consciencia y tu intuición, las cuales tienes que definir y madurar.

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