Cuando los valores se convierten en un freno
Uno de los aspectos que más influyen negativamente en la superación personal y en la búsqueda de la felicidad son los valores y las creencias. Muchas de nuestras conductas y de nuestra actitud en general estarán basadas en ellos: desde por qué tomamos ciertas decisiones, hasta cómo actuamos, a qué damos más valor, hacia dónde nos dirigimos.
Muchos de los problemas de la sociedad actual tienen su origen en la carencia de valores, algo claramente relacionado con la educación. Pero incluso un valor que pueda parecer positivo, si está mal adquirido, puede convertirse en un gran freno para la persona o para quienes la rodean. Por ejemplo, creer que las personas honestas nunca triunfan, o que quien trabaja nunca llega a tener dinero.
Los valores, desde el aprendizaje, deben comprenderse como un impulso para la vida, no como un freno. La coherencia, el respeto, la lealtad, la integridad, la honestidad, la capacidad de perdonar, la humildad, son realmente virtudes y potencialidades del ser humano, y no cualidades que nos descalifiquen o nos alejen de cualquier triunfo personal.
Cuando logramos detectar en nosotros los antivalores, así como los valores mal adquiridos, podemos entender nuestra actitud ante la vida. Y cuando logramos transformarlos y reaprender desde valores correctamente adquiridos, nos volvemos personas íntegras y capaces, con voluntad, motivación y mayor seguridad en nosotras mismas.
Comprender, además, a nivel general, qué es lo que crea unos valores mal adquiridos, malas actitudes y malas creencias en una sociedad, y lograr un cambio personal en los valores humanos, nos ayudará no solo a nosotros mismos, sino también a quienes nos rodean.
La integridad: coherencia entre lo que decimos, pensamos y hacemos
La integridad nos lleva a tener congruencia entre lo que decimos, pensamos y hacemos. Genera, básicamente, un comportamiento honesto donde, además de honestidad, hay coherencia: todo lo que hacemos, pensamos y decimos tiene una misma dirección.
Una persona con integridad está tan comprometida con lo que siente, piensa y hace, que todos los aspectos de su vida se enfocan hacia una misma dirección. Esto conlleva no solo coherencia, sino compromiso consigo misma y con sus acciones, y por lo tanto, responsabilidad.
¿Somos realmente íntegros?
Estudiar si realmente somos personas íntegras es un gran desafío, pues debemos tener en cuenta nuestra hipocresía, nuestros autoengaños, por qué tomamos ciertas decisiones y hacia dónde nos conducen nuestras acciones.
¿Actuamos sin pensar? ¿Nos dirigen emociones y pensamientos al azar, o hay realmente una dirección y un compromiso con ella? ¿Tenemos segundas intenciones que no queremos reconocer? ¿Qué dicen realmente nuestras palabras? ¿Qué dicen realmente nuestros gestos? ¿Qué expresa nuestra postura corporal? ¿Qué deseos ocultos tenemos? ¿Tratamos con verdadero respeto y confianza a las personas que amamos?
No es sencillo comprobar si somos íntegros, porque muchos aspectos de nosotros mismos son totalmente incongruentes: aspectos conscientes e inconscientes que no queremos reconocer. Muchas veces confundimos el temor con la pereza, el juicio con la envidia, o el dolor y la angustia con la frustración ante un capricho.
Reconocer la incongruencia
Al anotar y revisar, una por una, todas las posturas, gestos, frases literales, e incluso los movimientos innecesarios que realizamos, podemos comprobar dónde está la incongruencia: dónde estamos yendo realmente en contra de lo que pensamos, decimos y hacemos.
Cuando la hipocresía se aprende desde la infancia
A veces la hipocresía se aprende desde la infancia, y entonces es más difícil detectarla. La persona se ha acostumbrado tanto a vivir, pensar y sentir cosas diferentes, que ya es un hábito. Tal vez convivió con personas que decían y sentían cosas distintas, con el engaño, con la falsedad. Entonces la hipocresía se convierte en algo aprendido en la forma de vivir, de reconocer y de entender a quienes la rodean, y así resulta más fácil no saber realmente qué se siente, o si hay una auténtica coherencia con lo que se dice.
Tal vez siente dolor cuando en realidad está sintiendo amor, o piensa con crueldad y no tiene remordimientos. Una educación rodeada de crueldad, hipocresía y mentiras hace que la persona aparente algo muy distinto de lo que siente, y que esto se vuelva habitual. Entonces se hace muy difícil comprender dónde está el engaño.
Las máscaras de la hipocresía
La hipocresía nos lleva a justificar nuestras acciones antes de reconocer que son tan solo caprichos. Nos puede llevar a mentir sobre lo que realmente sentimos, y a hacernos creer que, mintiendo, no dañaremos a los demás. Nos lleva a mentir para manipular, para llevar a otros a hacer lo que sentimos que deben hacer, creyendo que actuamos por su bien. Nos lleva a actuar sin tener en cuenta las consecuencias, a ponernos una máscara de falsedad. Nos lleva a esconder, tras un regalo, un cumplido o una adulación, la envidia y el rencor. Nos lleva incluso a buscar que nos engañen.
La hipocresía nos lleva a hacernos creer que lloramos por el dolor ajeno, y a justificar nuestros actos en una preocupación excesiva, en el amor o en la empatía. Nos lleva a separarnos de los demás y de nosotros mismos, a ignorar nuestros propios sentimientos en nombre de nuestras creencias, a diferenciar entre la mente y el corazón, creyendo que dicen cosas distintas. Pero, ¿por qué habrían de decir cosas diferentes un mismo corazón y una misma mente? Para quien convive con la hipocresía, es normal que así sea: normal sentir una cosa y tener la obligación de hacer otra, o sentir algo y creer que no es lo adecuado. Sentir amor por quien no nos conmueve, o gran atracción por quien no amamos. Desear hacer algo que nunca haremos, o envidiar la vida de alguien e intentar imitar todo lo que hace y dice. Engañar, engañarnos.
Muchas veces, en la hipocresía, mentimos haciéndonos creer que actuamos mal por sentimientos demasiado fuertes, que engañábamos por amor, o que manipulábamos y controlábamos por el bien del otro. Es hipocresía, porque, sean los motivos que sean, uno actúa, piensa y siente cosas diferentes. No hay integridad.
El rostro de la persona sin integridad
La persona hipócrita siempre encontrará justificaciones para hacer lo que cree adecuado, aunque no sea justo, ni respetuoso, ni coherente. Se sentirá con derecho a hacer daño a quienes la rodean en nombre de sus creencias, o «por su bien». Dará lecciones de vida, entregará consejos y hablará de cosas que no conoce.
La falta de integridad señala una mente y un corazón divididos: amor y odio en una misma persona, rabia y tranquilidad, alegría y tristeza a la vez, amistad y enemistad, juicios junto con admiración, faltas de respeto y cariño al mismo tiempo.
El rostro de la persona íntegra
La persona íntegra se calla cuando hay mucho ruido fuera. Cuando no sabe qué decir, dice «no sé». Cuando no sabe cómo actuar, no actúa. No relaciona ni culpa a los demás de sus propios sentimientos, ni intenta provocar en otros emociones, sentimientos o creencias. Porque cuando nuestra mente y nuestro corazón están compenetrados, sentimos tranquilidad y confianza: no necesitamos que los demás apoyen o desaprueben nada, ni que actúen o sientan como nosotros sentimos.
Preguntas para empezar
El primer valor que debemos comprender bien para entender nuestras propias limitaciones es la integridad. ¿Cuántos adornos tenemos en nuestra vida? ¿Cuántas personas, situaciones o cosas usamos para llenar un supuesto vacío? ¿Va nuestra vida dirigida hacia algo, hacia qué, y por qué? ¿Por qué necesitamos algo que ahora no tenemos? ¿Qué sentimos, qué emociones tenemos realmente, y qué pensamientos generan esas emociones?






