Valores Humanos culturales

La crisis de valores que vivimos actualmente ha hecho saltar todas las alarmas y nos ha llevado a preguntarnos sobre su necesidad.

Las faltas de respeto incluso dentro de la misma familia, el miedo a un ataque a la dignidad, el vivir cerrando las puertas de casa, el vivir con desconfianza, con miedo, el normalizar actos que podrían ser considerados aberraciones…

Hoy en día, los robos y las agresiones son comunes en los colegios y los institutos. Es normal que los jóvenes se topen en algún momento con algún conflicto; sin embargo, ahora un robo o una agresión en un colegio ya no es una excepción, sino algo que ocurre casi a diario. Y que sea normal es justo lo que indica que nuestra cultura ha perdido los valores esenciales, o los ha cambiado.

La idea ignorante es que una persona con buenos valores humanos es una persona «buena», que nació así; sin embargo, no es así: una persona con buenos valores es una persona bien educada. Porque los valores humanos se aprenden. Se transmiten generación tras generación.

Y por más que culpemos a las generaciones anteriores, aquellas que no necesitaban un contrato para comprometerse porque su palabra era ley, realmente lo único que ha variado en el siglo pasado son las pantallas y los medios de comunicación de masas.

La televisión, sin filtro, fomenta la crueldad, la avaricia, el egoísmo y la necedad humana. Los medios de comunicación de masas pueden potenciar la ignorancia y la burla hacia la debilidad ajena, la competitividad, la falsedad y la arrogancia.

Es el único eslabón que rompió abruptamente la línea que durante milenios impulsaba que el aprendizaje fuera de «humano a humano», de padres a hijos, de abuelos a nietos, de profesores a alumnos. Algo con connotaciones comerciales y didácticas, y con fines adoctrinales, se ha interpuesto en la enseñanza natural de los valores humanos.

Ahora, independientemente de querer aportar esos principios a los niños, los mismos padres se criaron sin esos valores que tenían sus abuelos, sin comprenderlos, sin comprender que no son algo intrínseco del ser humano, sino intrínseco de la cultura.

A esto se suma la degradación y la politización de la fe y la religión, que antiguamente arraigaban con fuerza valores esenciales en cada ser humano: principios como no matarás, no robarás, no codiciarás los bienes ajenos y, en definitiva, la enseñanza esencial de todas las relaciones: tratarás al prójimo como te gustaría que te trataran a ti.

Entonces, podemos aprovecharnos de esas tecnologías para conocer y comprender los valores universales, para integrar nuevos valores y para comprender la importancia de reformular nuestro comportamiento.

En primer lugar, hay que diferenciar que estos principios se aprenden:

Uno no es egoísta, uno aprende a serlo. Uno no es un ladrón, uno aprende a serlo. Uno no es generoso, uno aprende a serlo.

La lealtad, el honor, la sinceridad, el respeto, la humildad… son valores que se aprenden. Es probable que el ser humano posea estos valores por naturaleza, pues la naturaleza misma los tiene: todos los animales los muestran. Sin embargo, el ser humano también es capaz de aprender e imitar y, de hecho, está diseñado para ello. El cerebro humano obedece de forma natural e inconsciente, por lo que copiará, sin prestarles atención, desde gestos, palabras y expresiones hasta todo tipo de actos que vea en su entorno.

Los valores que cada individuo tiene los comparte con su entorno. Son reacciones, principios y creencias que comparte con sus hermanos, allegados y conocidos. Son principios que le relacionan con la sociedad, con el trabajo, con su forma de vivir.

Lo que considera correcto, lo que considera valioso o importante. La definición que cada uno hace del bien y el mal, de lo justo e injusto. El respeto, la coherencia, la sinceridad, el honor o el concepto de la dignidad.

Esos valores los aprendió desde la infancia: los límites personales o ajenos, cómo trata las cosas y a las personas, lo que prioriza o sus juicios hacia el mundo.

Transformar los valores representa transformar toda la sociedad, y también comprender lo fácil que es dejarse llevar por comportamientos que se han generalizado pero que no son del todo correctos.

En una mesa, coloco un grupo de objetos y pongo un cartel que dice: «coge el objeto que desees, aporta la voluntad a cambio». En mi trabajo he dado muchas cosas gratis o por la voluntad en muchos lugares, y he podido comprobar las diferentes reacciones de los seres humanos. Por lo general, las personas ante la generosidad se abren, se alegran, se sienten bien y comparten. Pero también, en culturas o lugares donde esto no es común, se sienten incómodas, no saben qué hacer y no quieren coger nada «gratis», pensando que detrás hay una trampa. También descubrí algo: cuando alguna persona se aprovechaba de lo gratuito y, aun teniendo la posibilidad de aportar, no lo hacía, quienes lo veían imitaban rápidamente ese comportamiento.

Un año, en una gira de formación, tenía unos pocos excedentes de un libro de la primera edición, menos de doscientos volúmenes, pero quería sacar la segunda edición pronto. Por eso, en cada ciudad puse una pila de libros de la primera edición con un cartel para que la gente los cogiera si los necesitaba, a cambio de la voluntad. Mi objetivo no era la voluntad en sí, sino dar a conocer el trabajo y, a la vez, quitarme de encima los excedentes que me quedaban antes de sacar los nuevos libros. En todos los lugares, las personas fueron bastante generosas y los libros se compartieron entre los allegados.

Hubo una ciudad en la que la gente se lanzó como loca sobre los libros: cada persona cogía más de los que iba a leer, pensando en regalarlos, o no sé bien por qué, y solo una persona dejó unas monedas a cambio.

En todas las ciudades donde hice esto encontré una respuesta positiva y agradecida a mi gesto, pero en esa ciudad en concreto la respuesta fue muy desagradable: las personas me dijeron que no hiciera algo así, que se aprovecharían de mí, que nadie da nada por nada…

Medité mucho en este hecho: medité en que las personas son las mismas y que solo cambia la cultura, la educación, lo aprendido en el entorno.

El debate sobre si hemos aprendido esos valores actuales, copiándolos y sobrescribiendo los valores humanos esenciales, no es relevante aquí.

La duda que encuentro cuando hablo con las personas sobre la necesidad de trabajar los valores humanos es sencilla. En general, las personas se excusan diciendo que en el pasado eran «buenas», pero se aprovecharon de ellas y han aprendido a no serlo.

Por lo general, se puede notar que la persona a la que han traicionado ya siente que tiene «derecho» a mentir o a engañar; lo mismo ocurre con quien ha sido robado o maltratado, que también se excusa en esa situación.

Entonces aparece una nueva línea de trabajo en los valores humanos: los valores ajenos, o la falta de ellos, genera un replanteamiento sobre la persona que queremos ser.

Hay que tener en cuenta que la creencia de que «todos lo hacen» puede alterar el concepto y el juicio personal sobre lo bueno y lo malo.

El choque de culturas no es más que eso: un choque de valores, de principios. Una familia donde todas las personas son muy altas no juzga ni ataca a otra donde todas son muy bajas, pero cuando los valores humanos aprendidos durante generaciones se ponen en entredicho, sí surgen choques que impiden una relación equilibrada y saludable.

En general, la interculturalidad que estamos generando no supone ningún problema para los valores humanos. En la historia existieron muchos lugares donde distintas culturas coexistían sin ningún conflicto.

En la Edad Media, en la Península Ibérica, se llegaron a hablar unos doce idiomas distintos. Cada idioma tenía su propia cultura, religión y tradición. En el Camino de Santiago, como caso extremo, se cree que llegaron a hablarse hasta quince idiomas diferentes. Todos los pueblos coexistían sin problemas. Así que no es un problema de cultura, ni de raza, ni de religión, sino de los valores humanos aprendidos. Un choque cultural es un choque de valores y principios.

En nuestra época actual no respetamos a los hermanos, no respetamos a los padres ni a los hijos, no respetamos a los abuelos, no respetamos a los vecinos y no respetamos ni siquiera nuestras propias cosas, mucho menos las ajenas. Y ese es el conflicto de la interculturalidad. Pero ¿dónde surge esta cultura nueva? En el consumismo y en los medios de comunicación de masas: una clara falta de criterios sobre el bien y el mal, lo justo y lo injusto, lo correcto y lo incorrecto.

Entonces, en una primera línea de trabajo, tenemos que aprender que aquello que nos han hecho y aquello que hemos visto hacer, tal vez no sea tan bueno, y tal vez no sea algo que debamos imitar.

Esto es básico, surge de aquello que decían nuestros padres: «¿si todos se tiran de un puente tú también lo harías?».

Significa que tú eliges en quién te vas a convertir, tú eliges a quién quieres imitar. El tipo de persona que eres hoy lo has elegido tú, dirigiéndote en una dirección u otra en la vida. Por lo tanto, antes de dar un paso, piensa si quieres dar ese paso, si quieres ser ese tipo de persona.

Romper con la idea de que a los que hacen cosas malas les ocurren cosas buenas, y los que hacen el bien sufren más que nadie, es esencial para poder avanzar en la vida. En los juicios negativos de la abundancia, muchas personas creen que siendo humilde y trabajador nadie se hace rico, o que todos los ricos son unos ladrones. Romper estas creencias te permitirá vivir en la abundancia, es más, si no las rompes no podrás salir de la miseria que tu propia mente está creando.

Por otro lado, en una segunda línea de trabajo, tenemos que replantearnos aquello que hemos normalizado y que ojalá no hubiéramos hecho.

Hay un gesto muy hermoso en la cultura japonesa: allí, cuando los trabajadores llegan temprano, aparcan lo más lejos posible para dejar los sitios más cercanos a quienes lleguen tarde. Ese gesto de toma de conciencia de las necesidades ajenas resulta profundamente revelador de los valores de esa cultura. Es una cultura donde el otro, sus problemas y sus necesidades se tienen en cuenta, y no solo porque sus problemas de hoy puedan ser los nuestros mañana. Desde niño, uno aprende a ver a la otra persona y a tenerla en cuenta en cada decisión de la vida.

Hemos normalizado el egoísmo, el mal trato, la agresividad, las faltas de respeto y la vulgaridad.

Hay un programa televisivo infantil donde los protagonistas son ignorantes, brutos zafios en extremo. Son los «buenos» y protagonistas, que en definitiva serían a los que los niños imitarían. Lo curioso de este programa es que la persona culta, educada, responsable, inteligente, es el «malo», del que todos se burlan, el que nadie querría ser. Hace años viendo ese programa me horroricé pensando en la vulgaridad y soez que promocionaban.

Parece que se hizo común normalizar lo grotesco, la ignorancia, presumir de que nunca se ha leído ningún libro, o que uno no ha estudiado pero aun así ha llegado hasta donde está…. Vivimos en un lugar donde lo burdo, lo vulgar, lo grosero y lo ignorante está bien visto, es lo normal.

Entonces podemos romper con lo que consideramos «normal», lo que hemos generalizado hasta normalizarlo, en nuestros propios actos y en nuestro entorno.

Entonces aparece otra línea de trabajo con los valores: la relación con los demás. En esta tercera línea de trabajo sobre los valores humanos deberíamos comprender que los valores son un bien cultural, social, no solo personal. No hablan de uno mismo, sino de la relación que uno tiene con su entorno.

Los medios de comunicación de masas están dirigidos hacia las ventas, hacia el «yo»; buscan esa sensación de importancia y apelan a la vanidad humana. La importancia y el protagonismo que uno puede sentir lo llevan a ese individualismo que estamos conociendo, esa sensación en la que uno cree que se basta a sí mismo, que no necesita a nadie más. Tener en cuenta a los demás replantea esta idea y nos lleva a pensar que somos un conjunto, una sociedad, un grupo. El individualismo solo es un espejismo, una irrealidad. Una persona solo podría ser completamente individualista si viviera sola en un bosque o en una isla desierta, porque en la sociedad entera nos debemos unos a otros, y la formamos como un puzle en el que cada participante forma parte del todo.

Por último, hay una cuarta línea de trabajo que no trata tanto de qué tipo de persona quieres ser, o crees que deberías ser, sino de qué tipo de mundo quieres construir.

Tú eres el mundo, tú representas el mundo. Es cierto que cada ser humano no es más que una migaja, pero la historia no la escriben dos o tres personas, la escriben esas miles de personas de las que formas parte.

Aquellos que, a la cabeza y con ese egonismo desproporcionado, creen dibujar las líneas de la historia de la humanidad o del planeta, no son más que polvo arrogante y vanidoso, tan insignificantes como un mosquito, ¿por qué? pues por más que hablen y se muestren, actúan por separado, están aislados y no se sienten parte del todo. La historia la crean los millones de pasos que la humanidad hace cada día. Las decisiones pequeñas que uno y otro y otro definen. Tú eres esa humanidad, ese grupo social, tú formas parte de ese todo y tus actos también.

Tu visión es la visión compartida con los tuyos, con tus vecinos, con toda la gente. Lo que piensas, lo que sientes, lo que haces, en pequeña escala cambia el mundo y tiene repercusiones en todo cuanto te rodea. Entonces, ¿Qué tipo de sociedad quieres construir? ¿Cuál es la historia que quieres que se cuente detrás de ti?

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