El tiempo cronológico atrapa la luz en la materia. Es una cárcel, una estructura que mantiene a la conciencia encerrada en la materia. Cada día es un recordatorio de la oportunidad de romper esta limitación y abrir la conciencia más allá de la rueda del destino.
Cuando más sentido le encuentres al tiempo, más te aferras a él, a la materia, al destino y a sus caprichos.
Para poder elevar la conciencia, de alguna manera, la mente, o el yo dividido, transita a través de un sendero, superando niveles que le permiten continuar al siguiente paso. Estos niveles son similares a las estaciones del año, son fases naturales que cuando finalizan todo comienza nuevamente.
Entre estas fechas también hay días y fechas señaladas, momentos puntuales donde todo puede ser acelerado, o decelerado y retroceder a fases previas.
El calendario sagrado nos ayuda a vivir cada una de estas fases de una forma más consciente, comprendiendo la fase en la que estamos y abriendo las puertas de la conciencia más allá de la vida y el cuerpo.
Entre los momentos más luminosos y preciosos del año, tenemos el equinoccio de primavera.
En el solsticio de invierno, el 21 de diciembre, los días son más cortos y las noches más largas. Entonces nace la luz. Es una fecha preciosa en la que la vida enciende una pequeña antorcha por la que nos guiaremos para poder salir de la oscuridad de la mente.
En esta primera fase aparece la voluntad. Es una fuerza interna impulsada por el ser, más allá del ego y todos sus deseos y caprichos. Un deseo ardiente que te impulsa a continuar buscando la luz, en una entrega completa hacia el ser.
La motivación o voluntad se cultiva en todas las tradiciones en ausencia de ego, esto significa, sin búsqueda de beneficio personal. Aprendiendo a vivir, generar, ser, como un árbol entrega la fruta en verano, o como el sol ilumina el mundo, sin esperar resultados personales. De una forma generosa, entregada y libre de toda intención egoísta.
Esta voluntad va fortaleciéndose día a día desde el invierno hasta el equinoccio de primavera.
En el equinoccio de primera, el 20 de marzo, por fin la luz brilla con fuerza. En el equinoccio de primavera, la luz ha triunfado sobre la oscuridad finalmente.
Los siguientes 40 días son sagrados. Es un tiempo donde echamos raíces, donde los propósitos espirituales van arraigando en nosotros. Poco a poco, día a día, la fuerza del Logos penetra en la tierra, como un agua celestial que empapa y busca el sendero para llegar a la madre, calmando la furia femenina, saciando su sed, hasta que finalmente 40 días después, la semilla rompe su cáscara.
Durante estos 40 días, la energía creadora, el fuego de la vida, tiene una predisposición natural para ascender por la columna vertebral, entonces purificamos los canales energéticos permitiendo que más adelante la luz divina pueda manifestarse sin obstáculos.
También vivimos una lucha interna, una experiencia de prueba donde nuestras tentaciones y deseos se muestran. Las pruebas del iniciado se potencian durante estos cuarenta días, hasta lograr el equilibrio mental y emocional.
40 días después del equinoccio, en la noche del 1 de mayo, la luz ya ha vencido, la luna ha finalizado su ciclo y la voluntad que tuvimos en el equinoccio ya se ha cristalizado. Entonces aparece la fecha del fuego brillante o el buen fuego, es el dios Belenus para los celtas, el dios del sol.
En este momento, justo ese día, se unen con fuerza las energías del sol y la tierra, se genera una boda alquímica sagrada entre el cielo y la tierra: Pleroma y Beltane se casan y de su unión resurgirán todos los seres a lo largo de la primavera.
Por eso, en esa noche, acudimos a la madre, la noche, para invitarla a salir y conectar con la luz, el día. Para que día y noche se hagan uno.
Místicamente es un momento donde podemos canalizar y ver, tanto lo que está oculto como aquello que la luz ilumina, aceptando y abrazándolo lo que la vida nos entrega.
Se unen los opuestos en nuestra mente, se une la mente y el corazón, la luz y la oscuridad y se entiende el fuego sagrado como principio masculino que activará la fertilidad espiritual.
Es una noche de vigilia, porque la noche se mantiene en vigilancia.
Antiguamente se encendía el fuego y los magos rodeaban ese fuego con sus cantos, su meditación y sus oraciones. Así se aseguraban que la luz del sol que habían activado el 30 de abril, se mantuviera viva durante toda la noche, alumbrando la sagrada noche.
Durante esta noche se traspasa el velo, llegamos al punto donde las dimensiones se entrelazan y se facilita la comunicación espiritual, conectando la luz y disolviendo la ignorancia.
Justo en el amanecer, la tierra ha sido fecundada por la luz del sol y sabemos que la luz resurgirá durante la siguiente fase.
Es una noche sagrada donde el padre divino y la madre divina se encuentran en amor, y la magia creativa genera un nuevo comienzo.
En la Escuela Kailash celebramos la noche del 30 al 1 de mayo, la noche mágica de Walpurgis.
Realizamos un ritual, encendemos un fuego sagrado y meditamos en un retiro de visión, consciencia y canalización.







