Una visión del Amor

Una visión del Amor

El espejismo de la presencia plena

En una presencia plena totalmente unificada, el sentimiento de apertura es completo. Surgen signos que nos ayudan a descubrir en qué punto estamos, y también es normal que aparezcan instantes de plenitud que debemos aprender a liberar.

Cada pensamiento, emoción, juicio o pasión se libera por sí mismo, y poco a poco hay mayor neutralidad en nuestra mente. Inevitablemente, uno comienza a sentir mayor equilibrio ante las diferentes situaciones que nos rodean.

Y así como existe un estado de gran conexión con la esencia de la mente, también puede surgir una ilusión de dicho estado, en la que quien practica cree haber descubierto realmente la esencia cuando tan solo está descansando en una apariencia. ¿Cómo aprender a diferenciarlo? Tras la información que podamos recibir, y el estado al que hayamos sido impulsados, sobre todo hay que practicar.

En este camino que comparto hay tres cosas pequeñas para descubrir y una cosa inmensa en la que descansar.

Primera revelación: recuperar la mente de un niño

La primera cosa pequeña es recuperar la mente de un niño. Una mente abierta, plena. Si en tu pensamiento descubres pasado, presente o futuro; si en tu mente hay vanidad, rencor, temor, juicio; si estás tan seguro de tu vivencia que pondrías la mano en el fuego, o si crees tanto en ti mismo que lo demás deja de ser real, entonces cuidado: tu mente es la de un adulto.

En tu práctica diaria, busca tan solo tener la mente de un niño observando tu pensamiento. Descubre de dónde surge cada proyección mental y cada emoción generada por los pensamientos, y permite que se libere por sí misma, sin desecharla ni silenciarla. Si tratas de ahogar y reprimir cada pensamiento, será igual que intentar ejercitarte físicamente sin permitir el movimiento. Se trata de no quedar atado a su supuesta verdad: los pensamientos se irán, la verdad de hoy se disolverá, y no tiene tanto valor como para aferrarse a ella, sea lo que sea.

Esto no es una verdad indiscutible que haya que comprender de una vez, sino un trabajo diario y constante que permite integrarlo hasta que ya no sea necesario pensar en ello. Mirar el árbol y no pensar en «árbol», ni aferrarnos a la visión de «árbol» y a lo que nos hace sentir, sino mirarlo apoyándonos en la consciencia completa, descansando en la divinidad, más allá de que hoy haya un «árbol» o no lo haya.

Descubre cómo miras al mundo, con qué ojos, con qué emoción, con qué sentir. Descúbrete en cada instante sin asombro ni temor, hasta que tu mente sea un bálsamo. Ante cada instante de la vida, pregúntate: ¿quién soy yo en este instante? ¿Dónde surge este que soy yo? Y sin alimentar esa ilusión, sino enfocándote día tras día en la atención y la conciencia de ti mismo, permite que crezca la transparencia y la claridad en ti.

No es una teoría. Aunque mil veces puedas decir «¡ya lo tengo! ¡Lo descubrí!», ese mismo pensamiento, ese descubrimiento, no es más que otra ilusión. Tu pasado se libera porque ya no entretejes una maraña de ilusiones sobre lo que pudo ser; todo lo que crees ser hoy se libera porque ya no alimentas la ilusión de lo que tienes ahora; tu futuro desaparece, y tu mente deja de perder energía y de conducirte hacia tu karma. Estás presente.

Y aun teniendo esto claro, es muy normal que muchas personas se apoyen en una falsa forma mental de lo que es la esencia. Alguien puede decir que está presente y, día tras día, sostenerse en una mirada hacia el infinito, para descubrir años después que en vano alimentó una trampa de su ego para no ir más profundo. Creyendo haber descubierto la esencia, tan solo se mofaba y se vanagloriaba, generando dos estados de ignorancia y vanidad.

De todo este trabajo, el símbolo principal es la mente de un niño: un niño cuya mirada, como un cristal, refleja la luz del alma. Los signos de visión, claridad o espontaneidad no son tan importantes. En ese estado descubres que lo que ocurre alrededor no te altera ni te daña igual. Así como revisas continuamente si los pensamientos y estados mentales —tuyos o externos— te están alterando, distrayendo o confundiendo, revisa también que la experiencia que estés viviendo no te cambie, sino que permanezcas en presencia. Y claro que todo, absolutamente todo, te toca, te mueve, te conmueve —igual que a un niño, al agua clara, al cielo los conmueve cuanto los rodea—; sin embargo, tu esencia sigue intacta, y tu estado de vigilia y descanso en la plena conciencia, también.

Segunda revelación: la disolución del observador

La segunda cosa que descubrí es que la mente no tiene una manifestación y un observador separados: no hay un sujeto que observe ningún pensamiento, ni un pensamiento para ser observado con independencia del observador.

Hace algunos años me asaltaba la duda de dónde estaba el yo: ¿en el observador, en el objeto observado, o en el pensamiento que se generaba al buscarlo? Poco a poco esa línea se disolvió, y tardé años en hacerme consciente de lo que había ocurrido cuando se liberó. Es un momento mágico descubrir que, aunque es bueno seguir desarrollando el estado de atención que puede generar el espejismo de un observador, este jamás existió. Entonces se libera de forma natural el observador y aparece un estado de conciencia más pleno.

En algún momento busqué proyectar esta apertura con prácticas y ejercicios; sin embargo, ha sido en los momentos en que no intentaba nada cuando ha surgido de forma natural. Al mirar hacia el propio observador que mi mente construía, ese mismo observador, al ser observado, se liberaba, dejando paso a estados de profunda serenidad que poco a poco se han asentado.

Esto que comparto no es «el camino» hacia esa apertura, sino la sensación de que no hay nada ni nadie externo que pueda generarla: es uno mismo, desde el descansar en ella, quien se libera. Cuando no hay sujeto ni objeto, la mirada al mundo deja de surgir de la dualidad. Así descubro que el camino hacia el todo es, en realidad, el camino hacia la nada. Vacío de intención, con la mirada atenta y el corazón sediento, se logra descansar en el estado primordial.

Y si al principio ese descanso es solo un instante, o si se convierte en una apertura que durante días te permite estar enfocado en la esencia vacía y luminosa de la mente —generando una experiencia dichosa y compasiva auténtica—, no le doy importancia alguna, para no alimentar más a ese personaje que vive en la mente, a ese observador que «conoce». Tal vez fue la conciencia la que descansó en ti, como podría haber descansado en cualquier árbol que le diera buena sombra en el camino, y no que tú hayas descansado en ella. Simplemente abrazar ese instante, sin importar cuánto dure.

Tercera revelación: la disolución del miedo al cambio

La tercera cosa que descubrí es que esta claridad disolvía todo temor hacia los cambios que, de forma natural, se viven cada día. Al principio parecía no haber implicación emocional ante nada, y no era así: los cambios continuos de la vida ya no alteraban mi estado mental del mismo modo, ni me generaban vaivenes internos bruscos. No me sentía especialmente feliz ni triste ante lo que ocurría alrededor, sino más bien completa, se dieran esos cambios o no.

Durante años, ante cada cosa que sucedía fuera de mí, revisaba qué estaba pasando dentro, hasta que ese mirar hacia mí misma se volvió algo natural. Así comprendí que la idea de la vida o la muerte se volvía algo natural también, y esa experiencia me permitía abrazar la vida con mucho más amor y aceptación. Desde ese silencio aparecía un sentimiento compasivo mucho más profundo que yo misma: no era una capacidad de amar propia, sino que, desde la plena conciencia de que los cambios se dan de forma natural —y permitiendo que ocurran sin que puedan alterar mi esencia ni la de nadie—, la misma idea de fluir y dejar ir abría mi corazón, permitiéndome vivir el amor sin temor.

En muchas ocasiones me encontré con el temor ajeno ante mi propio sentir, y medité mucho sobre lo que otros creían hallar en mí. Un error, pues cuando uno busca descansar en la esencia divina no hay nada que comprender; por eso no es tan valiosa la meditación en sí, sino el estado contemplativo que la acompaña. Así pude descubrir el terror que las personas tienen a soltar su propio miedo: su temor les da seguridad, confianza. Parece una contradicción, pero en ese momento decidí no entrometerme en los miedos ajenos que los hacen batallar de continuo con la vida, con sus movimientos, entre ellos mismos y con las demás personas, y tan solo acompañarlos en su camino con todo el amor y la paciencia posibles.

La gran cosa: el amor que no necesita nada

Lo grande que puedo compartir es el amor. Cuando empecé a descubrir cómo muchas personas actúan en nombre del amor de manera inconsciente, al principio me sentí limitada por ellas, incómoda al darme cuenta de que no quería «su amor», porque en él no sentía amor, sino control, manipulación, vanidad. Ese amor me molestaba y sentía que no contenía respeto alguno.

Descubrí la necesidad de control, el apego, la ansiedad, toda la energía que se derrocha, el rencor y los juicios que surgen de lo que muchas personas llaman amor; tanto sufrimiento que las personas llegan a creer que viven por amor a los demás, cuando todo esto no es más que otra ilusión. Lo que más me llamó la atención fue cómo personas con un gran sentimiento amoroso podían dañar tanto a quienes se habían abierto a la vida con sus propios pensamientos y emociones.

El auténtico amor no genera ningún tipo de sufrimiento. El amor honesto y consciente que surge de la esencia no necesita cambiar nada, alterar nada, poseer nada. Es un amor compasivo e ilimitado. Y todo aquello que genera sufrimiento, tormento o angustia son tan solo manifestaciones insustanciales que, igual que nacen del todo, se disuelven rápidamente en él. Por eso, aquello que muchas veces hemos amado con tanta intensidad, luego es olvidado, en esta vida o más allá de ella.

Al observar esto dentro y fuera de mí, comprendí que es necesario desarrollar hábitos compasivos saludables. Incluso en la persona más amorosa y aparentemente sincera hace falta una actitud y unos hábitos cultivados con el tiempo. Por supuesto que hay personas que muestran un amor consciente y pleno de forma natural; sin embargo, nuestra cultura, nuestras creencias y vivencias, tan arraigadas en la mente, generan una ilusión que nos parece muy real sobre lo que es y no es el amor.

Desarrollar un carácter compasivo, trabajar en hábitos compasivos, es parte del trabajo interior de autorrealización. No se trata de un trabajo aparte, sino de una parte que debe integrarse desde el principio.

Es fácil encontrar señales claras del trabajo cuando desarrollamos nuestra presencia con atención y perseverancia; sin embargo, la mente también tiende trampas importantes que pueden generar grietas, confusiones y divisiones profundas.

Palabras finales

Así puedo compartirte estas tres cosas sobre la mente, y esta gran cosa sobre el corazón, que simplifican el trabajo que he estado realizando durante estos años: recuperar la mente de un niño que observa sin aferrarse a nada; descubrir que no hay observador ni observado, solo conciencia descansando en sí misma; y dejar que el miedo al cambio se disuelva, para vivir cada instante tal como llega.

Y el gran aprendizaje es el amor: uno que no necesita cambiar nada ni poseer nada para ser completo.

No necesitas apresurarte ni medir cuánto has avanzado. Basta con volver, una y otra vez, a la presencia sencilla de este instante, confiando en que lo que buscas no está lejos de donde ya estás.

Deseo que encuentres luz en tu vida.

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