Cuando una persona arrastra un dolor —físico, emocional, relacional— es habitual buscar su origen. Se asume que si existe un dolor, en algún punto del pasado hubo una herida que lo provocó, y que basta con encontrarla y «sanarla» para que el dolor desaparezca.
Esto conlleva que la persona confunda un trauma con el hábito que arrastra un dolor.
Por que un trauma es un golpe, es una experiencia desafiante en la que nos hemos quedado atrapados, o que nos ha dejado una marca, pero un hábito es una constante, es una forma de reaccionar aprendida y repetida a veces durante años.
No todo el mundo que atraviesa una experiencia dolorosa termina viviendo lo mismo. Dos personas pueden compartir una herida similar y, sin embargo, solo una de ellas verá ese dolor manifestarse en su vida —como enfermedad, como conflicto recurrente, como un patrón que se repite—, mientras que en la otra permanece silencioso. Cuando el dolor sí se manifiesta, funciona como un grito interno, un grito desagradable y constante, incómodo y a veces insoportable.
La persona que sufre el dolor escucha ese grito y no sabe cómo calmarlo. No quiere saber el origen del grito ni saber qué está generando ese grito, solo intenta calmarlo porque duele.
Entonces busca, a veces busca causas del dolor, otras veces medicina, otras mirar en otra dirección…
El problema aparece cuando la persona identifica el trauma pero no logra «deshacer el nudo». En ese momento pasa a cargar con dos pesos en lugar de uno: el dolor original y el conflicto emocional que considera que lo originó. Entonces siente la frustración de no conseguir que desaparezca a pesar de haberlo entendido. Cuanto más se insiste en resolver ese origen sin resultados, mayor es la sensación de estancamiento.
Entonces podemos separar la idea del trauma y del hábito para poder avanzar.
El trauma es un evento puntual, como un golpe o un accidente. Ocurre una vez y deja una herida.
Todo lo demás —las reacciones automáticas, los miedos, las formas de bloquearse o de responder mal ante ciertas situaciones— no es el trauma en sí, sino un aprendizaje posterior: un hábito construido, muchas veces de forma inconsciente, a partir de esa herida. Algunas veces esos hábitos se generan porque no aprendimos a superar los conflictos y otras veces aprendido y copiado de cómo reaccionaban ante otros traumas nuestros padres.
Pensemos en una persona como en un árbol. Existe una «semilla», la semilla es el Yo, es la idea de uno mismo, la visión de uno mismo, formada en los primeros años de vida. Es la sensación de que somos exitosos, capaces, valientes, hermosos o fuertes. De esta semilla crecen las raíces y ramas como experiencias de la vida, reacciones y comportamientos que permiten relacionarse con el mundo. Todas esas ramas son el conocimiento real o ilusorio que tengamos de nuestro alrededor y crecen en función de ese conocimiento experiencial.
Por distintos motivos, la familia, la escuela, el entorno, o simplemente una rama que nunca llegó a desarrollarse, alguna de esas ramas queda rota o débil. Y, como le ocurre a cualquier árbol real, el conjunto sigue creciendo, pero se retuerce para compensar ese desequilibrio. De ahí surgen muchos comportamientos, gestos y pensamientos que, en realidad, no son más que intentos de compensar una carencia. Falta una rama y hay que compensar, hay que equilibrar. Son movimientos y reacciones naturales para compensar algo que falta, desarrollos que nos ayudarán a experimentar la vida a pesar de tener un vacío o un hueco.
Volver al trauma a veces significa volver al punto en el que se originó ese hueco. Comprender ese vacío. Sin embargo, la naturaleza nos enseña que por más que aprendamos sobre ese hueco y cómo es, cuando cortas una rama en el desarrollo de una planta, está no resurgirá, resurgirán otras tantas, maravillosas, que equilibrarán la planta, pero aquella, permanecerá como una cicatriz de la que el árbol podrá seguir aprendiendo.
Volver mentalmente al momento exacto del trauma es, en muchos casos, más complejo de lo que parece. Durante la infancia, el cerebro procesa las experiencias en un estado distinto al de la vigilia adulta, más cercano al de un sueño profundo, donde la imaginación y los hechos reales se mezclan. Esto explica por qué, al intentar revisar un recuerdo de la infancia, no siempre recordemos lo que ocurrió, sino a la versión que el niño vivió internamente en ese momento.
Por otro lado, ante el conflicto, el niño tiene que reaccionar, y eso es equiparable con las ramas que crecen para compensar el dolor. Esa reacción ante el conflicto no es únicamente la cicatrización de la herida, sino todas las reacciones y aprendizajes que nos entrega esa experiencia, todos los pasos que daremos a partir de ahí.
Un niño está jugando con otros niños y le lanzan un balón, pero él nunca recibió un balón en el aire, no sabe hacerlo y el balón le da en la cabeza, y se asusta. Al día siguiente, ve un balón acercarse y sale corriendo, convencido de que lo están atacando. Con el tiempo, basta con ver un balón en el aire para que reaccione con miedo, aunque ya no recuerde por qué. No ha aprendido a jugar con el balón; ha aprendido a temerlo.
El trauma fue el primer golpe, el hábito es asustarse ante un balón.
Podemos hacer una “regresión” para que sane aquel momento, pero eso no cambiará el hecho de que aprendió a pasar y coger el balón en el aire, ni tampoco el hábito de salir corriendo cuando ve un balón. Los hábitos y el trauma son totalmente distintos.
Entonces no queda otra que ayudar a esa persona a acercarse de nuevo al balón, como si fuera la primera vez, que aprenda a tocarlo, a lanzarlo, primero por el suelo, luego cortas distancias… hasta que la reacción de miedo se disuelva por sí misma. Esto reeducaría la reacción automática sin necesidad de resolver el origen exacto que la generó.
Hay otra imagen útil para entender esto. Piensa en una persona criada en inglés que, de adulta, se muda a un país de habla hispana. Puede aprender español, hablarlo con fluidez, integrarse por completo en el idioma… y aun así conservar un acento durante el resto de su vida. Ese acento no es un defecto que haya que «curar»; es simplemente el rastro de un aprendizaje anterior, y convive con el nuevo idioma sin impedir que la persona se comunique con normalidad. Cuando la persona se escucha y nota su acento inglés, no cree tener un trauma, no hay ningún trauma que originó ese acento inglés, solo es un aprendizaje previo que marcó esa diferencia.
Con el dolor emocional ocurre algo parecido. El trauma, el golpe inicial, puede haber ocurrido una sola vez, hace mucho tiempo. Lo que sigue doliendo hoy no es tanto ese instante, sino el «idioma» que la persona aprendió a hablar después: la manera en que se habla a sí misma, cómo reacciona ante el conflicto, cómo se enfrenta al éxito o al fracaso. Y ese idioma sí puede reaprenderse, con paciencia, aunque quede siempre un ligero acento.
Esto no significa que el trauma original carezca de importancia, ni que no merezca ser comprendido. Pero sostiene que la sanación no depende únicamente de resolver ese punto de partida, sino de construir, a partir de ahí, nuevas formas de reaccionar: nuevas «ramas» que reemplacen a las que se rompieron.
Se trata pues de crear nuevas experiencias vitales, reaccionar y comportarse de forma distinta hacia las mismas cosas, reaprender a reaccionar, un ejercicio constante amable y amoroso con nosotros mismos. Uno puede buscar borrar lo que ocurrió, o reescribirlo, pero es mejor dejar de esperar a que ese recuerdo cambie para poder vivir de otra manera.
La persona que hoy eres puedes seguir moldeándola, transformándola, puedes convertirte en la persona que lo desees desde el amor, el cariño y la paciencia.






