Filosofía y enseñanzas espirituales

Aprendiendo a observarse

La observación es necesaria para el cambio

Si valoramos más lo que creemos de lo que experimentamos, la observación se hace complicada. Sólo cuando nos abandonamos con una profunda atención, honesta y humilde hacia nosotros mismos, observamos con claridad cada una de las raíces del ego y todo aquello que surge de nuestro dolor.

La creencia no es más que una forma de escape, pues, se puede tornar una trampa que no nos permite ver la realidad. Así, aquella persona que experiencia tras experiencia manifiesta el deseo, la codicia, la envidia, al creer que vive en paz, no podrá darse cuenta de lo que realmente está viviendo. Apoya la creencia y disuelve toda honestidad.

Observarnos requiere atención, y miras sin juzgar, sin intentar manipular lo que ocurre, con total objetividad. Pueden llegar instantes de creer que lo hemos entendido, y también ahí observamos la prisa que tenemos por entender algo, pues no se trata de entender nada, sino de llegar a la raíz y transformarlo.

El cobarde, la persona que con temor se dirige hacia sí mismo y con cautela se observa, rápidamente llegará a averiguaciones profundas. Tal vez la infancia, lo que las demás personas ejercen sobre uno, el inconsciente, tal vez llegue a conclusiones trascendentales sobre que tal emoción surge de tal percepción, conclusiones físicas como la falta de sueño o de descanso… y en verdad no importa todo eso. Una vez que cree con tanta claridad que ha descubierto algo, permite sin darse cuenta que se le escape el foco de la observación, pues ya tiene “escusa” ya no lo podrá transformar.

En la verdadera búsqueda de autotransformación no intentas llegar a una conclusión, mucho menos a una conclusión rápida. Buscas conocerte.

Cobarde es aquella persona que busca justificarse constantemente, que busca completarse con lo que otros han influenciado sobre uno, cobardía es no atreverse a mirar a uno mismo para conocerse.

La mirada hacia uno mismo, la observación, ha de hacerse con el amor más profundo y claro.

Y cuando amamos, observamos. No necesitamos controlar, poseer, cambiar, desde el amor no necesitamos saber más, no necesitamos ser por encima de lo que amamos, ni consolar ni calmar. Cuando amamos, el amor sincero, nos lleva a una presencia clara. Tan sólo estamos. El amor nos lleva a un conocimiento profundo, a una mirada serena, y a una convivencia con uno mismo con respeto y tranquilidad.

Al llevar muchos años anclados en actitudes y faltas de valores negativas, es muy difícil entender dónde surgen esas actitudes, cómo son. Es muy difícil para algunas personas descubrir que son egoístas, o que son envidiosas. Lo niegan y reniegan mientras la vanidad les hace apartarse de los demás, romper relaciones, dañar a otros o incluso actuar por encima de otras personas. Sin embargo, no lo ven. No lo pueden ver. Pues su autoobservación no surge del respeto, del amor, surge de la creencia, del pensamiento. Y el mismo pensamiento que entreteje las ramificaciones del ego, también entreteje todas las formas para no ver dichas ramificaciones.

Mirar adentro nos lleva a comprender que todo lo que sentimos, doblemente lo estamos viviendo, pues sencillamente, cada vez que proyectamos una insatisfacción, un deseo, un dolor, las demás personas resonarán con dicha emoción y lo proyectarán de regreso hacia nosotros. Entonces, en un trabajo mediocre podemos justificar que lo que sentimos no es nuestro, es ajeno. Un día y otro vemos como regresa a través de las demás personas. Se puede justificar fácilmente en el maltrato, el abandono, el rechazo, el egoísmo de los demás. Continuamos siendo, según creemos, un peqeueño juguete de la vida y de las experiencias totalmente ajenas a lo que sentimos realmente, un sentimiento que creemos que no puede manifestarse porque nuestro alrededor sentimos que no es propicio. Y la persona que se siente sola, se engañará y creerá que es amorosa, cariñosa, que sólo necesita una oportunidad para comprobarlo. Tal vez crea que mágicamente aparecerá una persona y aprenderá a amar de la noche a la mañana. Incluso podrá creer que esa realidad hará que sane tantos años de rechazo, abandono, indefensión. Más no será fácil comprender, desde ese lugar, qué es ella quien está generando dicho rechazo en el alrededor. Nuestro ego, nuestro temor, nuestra ansiedad por poseer, nuestra falta de respeto a los demás, nada de eso podrá comprenderse, pues el sentir del abandono funcionará como justificación de todos los males. “Como soy abandonado me siento así, el día que no sea abandonado, ya no me sentiré así y no seré así.” Y en esa lógica irreal uno se acomoda y no cambia la raíz de su dolor.

Autoestima también es autoaceptación.

En el momento que justificamos, que buscamos entender, aparecerán mil formas de tapar los agujeros y las heridas del alma. La mente se torna rápida para justificar nuestras malas actitudes y así no transformarlas.

Podemos volvernos hirientes, culpar a los demás, más todo lo que sentimos, lo que actuamos, lo que decidimos, surge en nosotros y somos nosotros el máximo responsable de ello. Todo lo que provocamos, surge en nosotros y somos nosotros los responsables. ¿Y cuándo acaba esto?, cuando desde una presencia clara dejamos de reclamar, de herir, de ansiar, y aceptamos nuestra totalidad, tal cual sea. Sin justificarla, sin interpretarla. Aceptamos lo que somos y el vehículo de la vida que construimos.

El temor a mirar hacia dentro es una profunda brecha en la carencia de amor propio. De una forma repetida buscaremos en nosotros sin ver, miraremos sin observar, analizaremos sin comprender y todo, tal cual fue en el pasado, tenderá a repetirse, pues no se ha transformado cuando hubo la oportunidad.

“Hoy me siento cansado, cansado de mí, cansado de la presión…”, y entonces aparece la oportunidad de transformar y liberar dicha actitud de cansancio con todo lo que genera al alrededor, sin embargo, si se justifica, todo acaba ahí y mañana, o pasado mañana, vuelve a aparecer con más dolor y más presión, el mismo cansancio, pues es un dolor que poco a poco más y más se arraiga.

La envidia más y más se arraiga si no ha sido transformada a tiempo

La codicia más y más se arraiga, y cada día se torna más desafiante superarla

El ego, la vanidad, el orgullo, más y más se arraiga hasta que forma parte de la personalidad

El temor más y más se arraiga hasta que llamamos amor a la posesividad y el control

Incluso la ira más y más se arraiga hasta que la llamamos cariño, preocupación y entrega

Todas las actitudes que surgen de aquí, más y más se arraigan, y entonces no pueden ser detectadas, se tornan parte de la personalidad, se repiten un día y otro y otro, renacen no como el primer día, sino como fuertes pilares sobre los que actuamos, pensamos, sentimos, nos emocionamos.

Y entonces es más desafiante la observación y la presencia pura.

Podemos pensar que aquella persona que siente insatisfacción, infelicidad debido a su falta de autoconocimiento, y proyecta su dolor en forma de ira. Y al ser iracundo, podemos pensar que no puede escapar de verlo. Ella está gritando, insultando, amenazando. Desde fuera pensamos ¿cómo no puede no verlo? Y desde fuera no entendemos que no vea que está siendo agresiva o que dañe a los demás. O que no entienda que está siendo controladora, más no lo puede ver, no puede entenderlo, pues es una raíz muy profunda, y la ira buscará muchas formas de arraigarse y cuando esté arraigada expresarse, incluso en la calma y el silencio aparecerá como una autodisciplina de perfeccionamiento o como una protección a quien crea que uno no vive en paz.

La ira se enraizará más y más porque no se ha visto en su momento, llegará a ser más profunda, y cuando ya esté integrada, y la persona no la podrá ver. No la entiende. Solo cree que siente paz, que siente tranquilidad, que ama demasiado y por eso hiere, controla, golpea… Y ahí está la ira escondida, en una dureza y frivolidad del amor, en una búsqueda de la soledad, en una forma de autodisciplina hiriente y dañina, o incluso en una forma de control, posesión y manipulación desde la supuesta dulzura y el supuesto cariño, y mucho más desafiante verlo entonces.

La persona con ira tiene a sus cercanos controlados, porque dice que les ama, tiene a sus conocidos sin libertad, sabe lo que piensan, lo que sienten, lo que les ocurre, y no porqué necesite saber todo esto, sino porque busca generar una pequeña cárcel, una jaula para ellos, alimentándolos poquito a poco, con regalos, dinero, favores, cariños, perdón… de tal manera que el pájaro nunca sienta la jaula. Genera una ira encubierta aprisionando el alma libre de aquellos a quien cree que ama. Y eso es ira. Eso es posesión. Eso es control. Al igual que el carcelero alimentando cada día al preso para alargar su encarcelamiento y su dolor. Sin embargo, la justificación de la protección hace que la persona no vea esa jaula, no crea que la ha formado, no entienda sus regalos, ni sus premios, ni sus favores, ni sus cariños como una forma de alimentar un encarcelamiento en una relación.

En la relación equilibrada no hay cárcel. No hay favores, ni regalos, ni premios, no hay una necesidad de consolar ni de estar al lado de, no hay necesidad del otro ni una búsqueda de que el otro nos necesite. En una relación equilibrada no hay nadie imprescindible, entonces, ninguno busca ser imprescindible para el otro. Pues sabe que hay equilibrio, hay libertad. El amor, la amistad, el cariño, surge entonces desde ese equilibrio y desde uno mismo, no desde la deuda.

Si esa persona fue buena contigo, no le debes nada. Si una persona te ha hecho un regalo no le debes otro regalo. Y si esa persona te necesita, te reclama, entonces hay un problema, pues, ¿por qué te necesita a ti? ¿Qué has hecho, que has construido, que has alimentado en su vida para que te necesite? Tal vez sientas que estás atrapado en la relación, pero busca en tu actitud, observa, observa con calma un día y otro y otro, ¿dónde alimentas en la otra persona ser aquel que entrega de más, con tal de ser necesario? ¿Qué parte de tu ego no le basta con formar parte de la vida del otro, que además necesitas sentirse imprescindible como el aire? La ira se torna una prisión del alma donde ejercemos tal presión sobre el otro que le convertimos en nuestro preso, alimentando poco a poco su encarcelamiento y sintiéndonos así imprescindibles para la relación y para la otra persona. El carcelero se torna feliz, dichoso, pues día a día alimenta a su presa, y a ese alimentar lo llama amor, generosidad, compasión…, ya sea a través de la aparente calma o a través del cariño posesivo o desde el control, desde el tomar decisiones por la otra persona o incluso desde acompañar cada paso que da en la vida, el carcelero envidia tan profundamente a la otra persona que no le basta con mirarla o admirarla, necesita tener todo lo que la otra persona tiene en una pequeña cárcel que llama amistad, matrimonio o familia.

No somos libres de nuestros deseos, cuando los alimentamos, nuestros deseos se tornan nuestros dueños, pues mañana quieren más, reaparecen de otra forma, y no podemos no alimentarlos. Y más y más deseos. La envidia es una forma de deseo, el temor, incluso el dolor. Todos los deseos que no logramos alimentar, se convierten en temores profundos. Los deseos se convierten en aquello que justifica gran parte de las incongruencias humanas. La incapacidad de superar la frustración por no haber alimentado un solo deseo, se comienza a llamar tristeza, melancolía, apatía, desgana… uno se siente mal, se siente ansioso, engañado de la vida, dolido, triste, y no comprende que sólo es una pataleta. Algo deseaba y no se ha logrado. Y hemos de comprender, desde niños a ser posible, que miles de cosas no se darán en la vida, y es bueno. Es bueno que no lo tengamos todo, es bueno comprender que la vida no es un camino para alimentar los propios deseos. Y cuando la vida se convierte en una búsqueda de calmar todos los deseos, incluso el deseo espiritual, o el deseo del amor, o el deseo de ayudar, entonces nos estamos volviendo caprichosos niños-adultos incapaces de vivir presentes y conscientes. Estamos en una jaula, una pequeña y angustiosa cárcel de la mente, que busca, ansía, controla, reclama, y afecta así a todos y cada uno de nuestros pensamientos, emociones y acciones a partir de cada deseo. Mucho más, nuestra jaula afecta a todos quienes nos rodean, generando en ellos que necesiten tener su propia jaula.

Miramos al otro y surge un deseo, entonces empezamos a alimentar ese deseo o buscar como colmarlo, o buscar como huir de él a través del temor, y ese deseo se sitúa justo en el centro de la relación. ¿Y cómo habrá amor ahí? La relación será un insulto hacia el amor y hacia la amistad. En la presencia puede disimularse, más en la distancia se descubre como hay un engaño. En el centro, entre esas dos personas, no hay amor, hay deseo, de uno, de otro o de los dos. Y la relación es un medio para colmar dicho deseo. Y no es algo malo. Cada uno que viva aquello que quiera vivir, aquello que le alimente, le nutra. Lo que sí es un error es llamar a esa relación amor, cuando es una búsqueda de calmar los deseos. Y lo que es un error es no ser capaces de observar que nuestra relación es una búsqueda de calmar nuestro propio deseo. El amor une, el deseo divide, rompe, ansía desde un nivel que no nos permite estar presentes.

En la búsqueda espiritual una persona sitúa el deseo de alcanzar algo justo entre ella y el estado que desea adquirir, y tal vez una y otra vez sienta algo especial, más la búsqueda espiritual es un abrazo de amor a uno mismo. Pierde todo sentido cuando el deseo está implícito en cada acción. El practicante espiritual comienza a compararse, a buscar más información, a llenarse más y más de ego espiritual. Su búsqueda ya no es un anhelo del ser de fundirse con lo divino, es un deseo vanidoso e insano del ego. Y entonces culpa al alrededor.

Aparece la actitud negativa en la vida de millones de formas y tan sólo es observando que podremos darnos cuenta para transformarlo. No deteniendo el tiempo y ansiando la respuesta, sino observando, sintiendo, escuchando, cada emoción, cada pensamiento, cada acción, cada actitud, incluso los gestos nuestros y los que generamos, observamos con detalle, sin culpa, sin ansiedad, sin temor. Honestos y tranquilos, con humildad y valor. Y entonces el cambio acontece, entonces surge la transformación.

Es posible que una persona cuyas raíces de su dolor hayan profundizado tanto que este se haya vuelto parte de casi toda su vida enmascarando incluso acciones y actitudes bellas y bondadosas, tenga que escuchar y observar mucho más que aquella persona que desde el ruido y el dolor, constantemente saca a relucir todos los venenos insanos de su mente. Pues la persona que busca la perfección en sus actos, sintiéndose superior de sus propios venenos, no será capaz de observarlos y rápidamente creerá que los ha dominado, cuando no se puede dominar una raíz tan negativa.

Y vemos que, en algunas ocasiones, los venenos han profundizado tanto que eliminarlos supone un cambio trascendental y superior. Un cambio no dirigido, aunque totalmente encauzado. Ahí está el dolor, manifestándose en cada gesto cada día de nuestra vida, y al verlo podemos sentir temor, angustia, ansiedad, es normal eso, entonces buscamos la vía rápida para quitarlo, o la forma de eliminarlo sin respetar que es parte ya de nuestro rostro, de nuestro cuerpo, de nuestra mente, no se puede cortar algo tan grande a lo que nos hemos habituado tanto de un día para otro. Hace falta rendirnos. Y es un trabajo largo, de observación, paciencia y humildad. Entramos en una habitación desordenada y no justificamos cada una de las cosas que están descolocadas, sino que más bien observamos que está todo desordenado y lo vamos colocando en su lugar. No sería adecuado justificar cada parte desordenada salir y creer que la habitación se ha ordenado sola. Hace falta un trabajo diario, constante, con perseverancia y respeto hacia uno mismo y hacia los demás.

¿Acaso nos damos cuenta lo que nuestro gesto genera en las demás personas? ¿Lo que nuestra voz, nuestros actos generan en los demás?

Observa. Observa en ti, cada cosa que dices. Sin encerrarte en tu pensamiento. Deja que la vida siga su curso y observa. Tu tono de voz, la dirección de tu mensaje, pregúntate a veces ¿por qué digo esto? ¿qué necesidad tengo de decir esto o lo otro? ¿qué espero lograr en la otra persona haciendo este comentario? Y se honesto. Un comentario tonto puede ser una escusa sádica de generar dolor en la otra persona. Ilusos podemos creer que tan sólo estamos mostrando nuestra opinión. Se honesto entonces y observa ¿desde dónde sitúo este comentario? ¿me siento superior al realizarlo? ¿me siento bien cuando descubro que la otra persona sufre por mi comentario?

Pongamos el caso que le escuchamos a un amigo algo que está dañándole y le contamos como nosotros hemos vivido lo mismo y lo hemos superado con el objetivo de ayudarle. Y busca, observa. Sobre todo, observa qué ocurre en ti cuando tu amigo se siente culpable por haber echo algo mal, cómo te hace sentir su dolor. Como te hace sentir que llore. Y no ahora con tu mente rápida. En el mismo momento ¿qué ocurre? ¿Qué ocurre en ti cuando le aconsejas, o cuando le hablas que tú ya lo superase? ¿Te sientes realizado? ¿Te sientes mejor contigo mismo?

¿Qué ocurre cuando discutes con alguien y descubres que la otra persona no tiene interés alguno en lo que le dices? ¿o que no le afecta? ¿O que llora? ¿Qué efecto quieres conseguir con tus gritos, tus palabras? ¿qué es aquello que hace que te sientas bien en esa situación? Muchas personas se sienten tranquilas y bien cuando por fin ven llorar a la otra persona, o cuando ven su culpa, entonces se sienten tranquilas. No les importa tanto si la persona comprendió o no lo que ocurría, ni que ellos mismos hayan aprendido algo. Ha habido llanto, dolor, entonces suponen que de manera mágica todo ha sido entendido.

Por ejemplo, un padre, madre o profesor castiga a un niño y ve su culpa, siente su dolor, entonces se siente tranquilo. Siente un alivio, ya no está enfadado con el niño y siente una especie de satisfacción, tal vez piense que el niño aprendió el dolor, más, es consciente de que está sintiendo satisfacción personal ante el dolor de otra persona. En ese momento no hay tanto interés en los padres o el profesor en generar un cambio en el niño, ni en hacerle entender lo que ocurrió, tan sólo en forzarle un sentimiento doloroso para que desde ese dolor reaccione. Entonces los padres creen que el dolor le generará la culpa con la cual aprenderá, al ver esa emoción tal vez piensan que el niño “se ha dado cuenta” porque se siente mal. Y ellos ya están tranquilos. Se sienten bien. Puede ser que el niño aprenda así, tal vez en el futuro, por miedo a sentir ese dolor, no cometa el mismo error, tal vez sea eficaz esa forma de enseñanza, más nos detenemos ahora a observar, sin juzgar si es bueno o malo.

E igual ocurre en una conversación o discusión entre adultos. No importa si la otra persona comprende o no, a veces hay un momento, un ligero momento, donde se siente que está herida, y uno, consciente o inconscientemente disfruta de ello, pues descubre que ya ha generado lo que quería generar, ese dolor que hará que cambie. No queremos tanto que la otra persona comprenda ninguna situación, importa mucho más generar ese dolor. Nos hace sentir bien, tranquilos. Creemos que la otra persona ya ha comprendido.

Una persona está con amigos y se enoja y si los amigos actúan sin importarles lo que le pase, si continúan disfrutando indiferentes a su dolor, se siente peor, se siente más dolidos y su anhelo del dolor ajeno crece. Entonces puede intentar que sientan culpa, descentrar su atención, sacar a relucir sus intimidades, su dolor, tal vez enojarse, gritar y si ellos ignoran su reclamo hacen que uno se sienta peor, más herido y entonces la persona comienza a sentir tristeza, impotencia, dolor más profundo y puede ocurrir que los amigos se callen, dejen todo lo que están haciendo y se vuelquen a consolar el amigo dolido. Ha logrado que se sientan culpables, no saben de qué ni por qué, pero se sienten culpables, y en ese momento se siente bien, se calma todo dolor. Ya hemos provocado dolor en el otro, así que podemos calmarnos.

Al igual que el niño que busca el consuelo de su madre y genera ruido hasta que la madre reacciona. Más de niños sólo buscamos que reaccione con amor, no buscamos el chantaje emocional, para nada hay mala intención en el niño, es el adulto que lo interpreta y continúa en esa forma de acaparar la atención. El niño sólo busca el amor de la madre y el padre, su consuelo, su presencia. Y si no lo tiene necesita su contacto, entonces busca la forma de emocionarles para lograr dicho contacto. Hasta que lo logra, y así aprende la manera de actuar para el resto de su vida. Y si la madre actuó desde la pena, ese niño o niña continuará toda la vida ejerciendo pena, y si la madre actuó desde a ira, ese niño o niña actuará generando la ira. La ignorancia ahí nos lleva a creer que esto no es sadismo más lo es. Uno acaba disfrutando de ese dolor. De niño no. De niño solo queremos ese abrazo. No buscamos la emoción de la madre, no buscamos su atención emocional, solo su contacto y su presencia pues la necesitamos. Entonces cuando la madre se coloca en una postura de aprensión o de apego, de dolor, de temor, de angustia, le enseña al niño que eso es amor. Le enseña que una actitud amorosa es represiva, o asfixiante, o controladora o apegada. Cuando ejerce ira y tensión sobre el niño “por su bien” le enseña que eso es una forma de amor.

Así el adulto en una relación, cuando ve que el otro por fin llorar por todas las palabras que le ha dicho, entonces siente y piensa que la otra persona está sintiendo su amor, se ha implicado en la relación. Y confunde el dolor con el amor, generando más y más dolor, de todas las formas que te niño aprendió, creyendo que está generando amor.

Y hace falta valor para enfrentarse a este tipo de actuaciones. Hace falta mucho tiempo con nosotros mismos observándonos para descubrir cuan profundas son las raíces del dolor y cómo generan actuaciones dolorosas en otras personas.

Date cuenta que en un primer momento estarás en la observación, y será una observación clara de la vida, más llegará un momento que tendrás clara conciencia del todo, situándote presente en la conciencia. Hasta entonces, observa. Con atención, con paciencia, con claridad, con presencia, observa. Cuando inhalas, ¿qué ocurre en ti? Cuando exhalas ¿qué ocurre en ti? Observa. Hasta que no hay nada que observar y de forma natural surge la contemplación desde una clara conciencia de gozo.

Camino para la auto-observación:

No se puede determinar la mejor manera para observar y buscar dentro de nosotros mismos al igual que no existe una única forma de conocer a la persona amada. sin embargo, a modo de guía que pueda ayudar a todo aquel que necesite y busque conocerse, elaboro estas pautas como un camino hacia el autoconocimiento.

 

[vc_tta_tabs][vc_tta_section title=»Transparencia» tab_id=»1532980320214-5c0d2122-766c»][vc_column_text]Desarrollamos la transparencia con sinceridad. Eliminando toda mentira y todo velo de nuestra vida. Sin intentar ser mejores, más claros y puros. Una persona que tiene una vida “perfecta” y una actitud “perfecta” no tiene porque ser honesta ni transparente. Es posible que tan sólo haya adoptado unas actitudes de corrección en su vida y las haya asumido como propias. Una persona transparente se equivoca, se tropieza, tiene miedo y deseos y juzga, como todo el mundo. Tan sólo es transparente en estas acciones sin ocultarlas, engañarse ni disiparlas.

Poco a poco, la forma de vivir con transparencia y sinceridad, nos lleva a dormir mejor, a descansar mejor en la vida, pues no hay remordimientos. Y poco a poco, la transparencia nos ayuda a entender mejor como somos. Como resultado, uno tiende a ver en la oscuridad. En las sombras más profundas del alma, uno siente luz. Pues la trasparencia poco a poco nos ayuda a abrir los ojos del corazón.

Humildad

La humildad es la vía más rápida para llegar a nosotros mismos. Es una virtud que nos ayuda a descubrir cada una de nuestras limitaciones y actuar con sabiduría. El orgulloso no reconoce sus limitaciones, sino sus virtudes, el humilde conoce también sus limitaciones, actúa en función de ellas, respetando cada momento, cada lugar, cada persona y a sí mismo. Por ello no se siente más que nadie y sabe que hoy puede permanecer siempre en una situación que le beneficie, pues lo natural es que mañana estar en una contraria. Una persona con humildad comprende que cualquier día todo puede cambiar. El orgulloso en cambio, cree que lo que ha logrado es determinante y no lo cederá fácilmente.

La humildad nos ayudará a acepar nuestras debilidades y comprender que son parte de nosotros. No nos sentiremos obligados a cambiarlas, sino que las aceptaremos y viviremos en función de cada momento sin desear ni ansiar ser más, mejores o tener más de lo que necesitamos y tenemos. Si uno conoce sus limitaciones, no ansía tener más fuerza de la que ya tiene, pues sabe que esa fuerza le puede perjudicar. Si uno sabe cuánta capacidad tiene no intenta tener más de la que tiene, pues comprende que con la capacidad que tiene puede defenderse, pero tal vez con más capacidad no pueda actuar bien. Por eso acepta y vive en función de lo que ya es, lo que siente y lo que se presenta en ese momento. Sin ansiar y sin quitar nada.

No es humilde quien se siente por debajo de los demás, quien continuamente demuestra lo pequeño que es. Sino quien reconoce hasta dónde puede llegar. Quien sabe decir “no sé”, quien sabe delegar con amor y admiración. Quien reconoce el lugar de cada cosa y cada persona.

Cuando nos observamos desde la humildad descubrimos nuestras virtudes y nuestros demonios internos. Aceptamos las grietas y heridas que la vida nos ha generado y actuamos en función de dichas limitaciones, aceptando, esforzándonos y no intentando poseer ni ser más de lo que ya somos[/vc_column_text][/vc_tta_section][vc_tta_section title=»Honestidad» tab_id=»1532980392805-29474190-c28d»][vc_column_text]

Para observarnos es necesario una clara honestidad. Mirar hacia dentro con veneno, juicio o autoengaño, es como querer dormir de pie. Tal vez se pueda, lo que el coste físico, mental y emocional es muy alto. Ser honestos para muchas personas supone un cambio en todo lo que ha aprendido a lo largo de su vida, pues ser honestos nos lleva a ser comprometidos con lo que estamos construyendo. Dejar a un lado los traumas y comprender lo que ahora ocurre.

Una persona honesta no reclama atención, no busca y rebusca en los problemas de los demás, ni de su infancia, ni de sus padres. No mira hacia fuera ni intenta comprende lo que ocurre dentro en función de lo que haya ocurrido fuera. Lo que hay es sencillo, se muestra sin miramientos ni torceduras. Es la mente engañosa, la hipocresía, la mentira la que retuerce la verdad, con emociones, con situaciones escabrosas, con recuerdos al azar. Solo a la persona que mira hacia dentro sin honestidad le importa lo que ocurrió hacia 20 o 30 años, es la persona que mira con honestidad hacia este momento o hacia sí mismo, la que está presente en el ahora. No se justifica, no busca más allá de lo que ahora hay. Entonces actúa, dice, piensa, en función del ahora, y no del ayer, ni de lo que la vida ejerza sobre uno.

Ser honestos nos ayuda a no complicar las cosas.

En las discusiones familiares, gracias a la honestidad, desaparecen las culpas y uno puede formar un cuadro del problema con sinceridad y tranquilidad. Sin basarse en añadiduras. No hay rebote del dolor, no hay necesidad de ejercer presión hacia afuera. En las adiciones igual. No se piensa: “me siento mal y por ello bebo”. Sino se comprende: “Estoy bebiendo tanto alcohol al día, justo en estas situaciones, controlo o no controlo esa situación. Esta actitud genera en mí estas emociones, estas emociones generan en mi este tipo de actuaciones”. Hay honestidad así que hay objetividad sobre lo que ocurre.

Muchas personas al observar con honestidad sus adicciones descubren cuanta ira les produce tener una adicción. Comprenden y conocen a la perfección dónde caen y cuánto dolor les produce recaer una y otra vez en la adicción. Una persona con honestidad no necesita reclamar atención ni manipular la información, es sencilla. La situación se torna sencilla, la discusión se torna sencilla. No hay más engaños.

En las relaciones honestas hay transparencia en cada una de las formas. Se abandona rápidamente todo chantaje emocional y se puede observar con claridad cada uno de los problemas que van surgiendo en la relación pudiendo resolverlos con tranquilidad y sencillez.

En la mirada interior, la honestidad nos ayuda a centrar un foco de atención en un problema. Por ejemplo, observar la ira, la negligencia, la falta de autoestima. No como una actitud inconsciente, sino como una experiencia determinada y concreta que genera en nosotros y en otros tales y cuales situaciones. Esto es claramente beneficios pues deja de haber duda y poco a poco aparece la coherencia en la vida.

[/vc_column_text][/vc_tta_section][vc_tta_section title=»Pensamientos y emociones» tab_id=»1532980458285-e0942d41-70a7″][vc_column_text]Pensamientos

Observar no es pensar. Aprendemos poco a poco a observarnos. Según vamos desarrollando la transparencia, la humildad y la honestidad, al observarnos surge una claridad, y no sólo una claridad de lo que está ocurriendo sino la capacidad de concretar y determinar cómo somos. Conocernos.

Al observarnos eliminamos toda necesidad de pensar de más, y poco a poco nace una contemplación. Al igual que contemplamos la mirada de quien amamos, o contemplamos la lluvia, el mar, sin desear nada, contemplamos hacia dentro, deseando conocernos porque nos amamos y nos descubrimos. Reconocemos en nosotros un maestro. No por todas las virtudes ni porque en nosotros esté todo el conocimiento del universo, que puede ser real, sino porque el único libro que constantemente está abierto ante nosotros, hablándonos y enseñándonos el camino, somos nosotros mismos. La buena autoobservación se realiza igual que al escuchar a un maestro. Le admiramos, le respetamos, y con atención escuchamos sin esperar comprender todo lo que dice, pues mucho de lo que diga es fácil que se nos escape y no logremos entenderlo. Él es un sabio, es normal no entender todo lo que dice. Escuchamos con una actitud despierta y despejada. No le escuchamos con envidia, ni con deseos de buscar un maestro mejor, le escuchamos reconociendo que hay una sabiduría innata en él, conocida o desconocida, admirando dicha sabiduría y presentes en cada una de las cosas que se presentan. No intentamos copiarle, ni ser iguales ni mejores que él. Escuchamos y estamos presentes en la escucha. Aquello que dice, no entra por un oído y sale por otro, es importante. Sabemos que nos aportará algo en nuestra vida, sabemos que de ese momento brotará algo único y bello que resonará en nuestro corazón. Ponemos atención y limpiaremos nuestro corazón de vanidad para escucharlo. Y así, de esta manera, el maestro dulcemente toca nuestro corazón y nos guía hacia una transformación interior. Y de la misma manera escuchamos dentro de nosotros mismos. Con total honestidad y claridad. Sin envenenar, sin perder el hilo de lo que ocurre, sin distracciones y sin juicios, con ausencia de deseos y con ausencia de ser mejores. Aprovechando la maravillosa oportunidad de estar con nosotros mismos como un regalo de la vida único y precioso.

Emociones

Muchas veces intentamos en vano cambiar las emociones. las emociones son parte de la vida, son necesarias, más es la mente la que genera un apego o frustración ante dichas emociones. es la mente la que está confundida. Las emociones son naturales.

Cuando constantemente justificamos nuestra mente en las emociones, algo hacemos mal. La mente no genera pensamientos por las emociones, la mente no juega con las emociones, a no ser que lo permitamos. La mente puede permanecer en calma y presencia clara en medio de la ira, del orgullo, del temor e incluso de la tristeza. Y son buenas estas emociones y también es bueno que ayudemos a que el pensamiento se torne limpio y transparente ante las emociones que surgen.

Encontrar momentos en la vida para que las emociones broten sin temor es grato y saludable. Encontrar momentos en que podemos descubrir las emociones y sentirlas con total libertad es hermoso. Y descubrir cada día más momentos en que nuestras emociones dan color a la vida sin aprensión a ellas, sin necesidad de justificarlas, sin dolor. Las emociones son un vehículo para la sanación del alma y es hermoso permitir que las emociones fluyan con naturalidad.

Entonces las emociones son sanadoras. Liberadoras. Hermosas. El temor, la tristeza, la rabia, a angustia, la envidia incluso, se convierten en una forma de permitir que el dolor se exprese.

Y logramos entonces poner toda la atención y escucha ante estas emociones, permitiéndolas surgir con salud. Observamos dichas emociones sin analizarlas. Sabiendo que es natural. Sin juzgarlas. Sin desear que cambien. Hemos sufrido, o hemos vivido algo hermoso, y hay una emoción, es natural. Permitimos esa emoción. Si analizamos lo que hemos sufrido o lo que hemos disfrutado, es posible que bloqueemos la emoción o la malinterpretemos.

Entonces al observar no sólo observamos la emoción, sino todo lo que hace que surja dicha emoción y todo lo que genera dicha emoción. Observamos cómo disfrutamos cuando vemos otra persona feliz, o en algunos momentos como nos frustra ver la alegría de otras personas, o como disfrutamos cuando nuestro amigo está triste y nos sentimos útiles. Observamos las emociones. Observamos lo que ocurre cuando como padres estamos calmando a nuestros hijos y nos sentimos útiles, al igual que observamos cómo nos sentimos cuando hemos hablado y a nadie le interesa lo que hemos dicho. Observamos la emoción de la vanidad, lo que sentimos cuando otros ríen un chiste que hemos contado, lo que sentimos cuando nos insultan. Observamos dónde y cómo surge la emoción permitiéndola existir.

Entonces ocurre un cambio. Es un cambio perfecto y saludable. La emoción está, y nosotros ya no poseemos la emoción ni ella nos posee a nosotros. La podemos abrazar, sanar, observar, la podemos escuchar, y soltar. La emoción se convierte en una parte necesaria y hermosa de la vida que no nos bloquea, sino que nos ayuda a vivir con felicidad.

¿Qué ocurre cuando todas las personas están felices y nosotros no logramos esa felicidad? ¿Qué ocurre cuando vemos una persona dañando a otra? ¿qué ocurre cuando vemos frialdad? ¿Qué ocurre en nosotros cuando nos hemos dado un golpe? ¿Qué emociones resurgen, cómo resurgen, cómo las dirigimos y hacia qué o quién? ¿Necesitamos culpar a otros de nuestras emociones, necesitamos justificarlas? ¿Nos asusta tener una emoción u otra? ¿Las bloqueamos? Observamos sin responder, conociéndonos y reconociéndonos a cada instante. Comprendiendo que ese somos nosotros, no somos quien está observando, somo también quien tiene la emoción, quien la libera, quien aprende con ella, quien la observa a la vez.[/vc_column_text][/vc_tta_section][vc_tta_section title=»Mirada hacia uno mismo» tab_id=»1532980534190-6edaabe3-8bc1″][vc_column_text]Desarrollar una atenta y constante mirada hacia uno mismo requiere perseverancia. Evitar toda dispersión de la mente. La mente puede estar ruidosa o no, más evitar que esté dispersa. Enfocamos un día y otro nuestra atención hacia nosotros. Incluso cuando actuamos hacia fuera observamos qué estamos sintiendo nosotros.

Incluso intentamos observar como estamos observando, de qué forma alimentamos la observación y cómo cambiamos ante cada cosa que observamos. Observamos nuestras respiraciones, nuestros latidos del corazón, cómo amamos, qué sentimos… nos conocemos.

Conocerse a uno mismo es la única forma de ser feliz. No se trata de un camino de despertar ni de desarrollo espiritual. Se trata de forjar la autoestima clave para la felicidad y el desarrollo interior. Miramos hacia nosotros mismos también descubriendo la mirada que tenemos hacia el mundo. Lo que sentimos y pensamos de afuera. Lo que culpamos, arrastramos, repetimos, los gestos y las cicatrices. Observamos hacia dentro reconociendo un ser único, maravilloso y perfecto. Pequeño, inmenso y totalmente trascendental.

[/vc_column_text][/vc_tta_section][vc_tta_section title=»Mirada hacia lo que uno genera» tab_id=»1532980596118-af8869b1-2cc8″][vc_column_text]Nuestra energía, nuestras palabras, nuestros actos, generan en los demás repercusiones visibles e invisibles. Muchas veces echamos en cara a otras personas lo que están generando porque sus actitudes son negativas, sin comprender exactamente que también en la aparente bondad puede haber actitudes negativas. La educación y los valores muchas veces son actos reflejos aprendidos que no guardan correlación con el verdadero sentir de la persona.

Muchas personas mantienen una relación de años con alguien sin que haya amor y es pasado el tiempo cuando descubren cuán vacía estaba la relación o cuál eran las bases de dicha relación. De la misma manera que al reñir, retar, aconsejar, abrazar o perseguir estamos actuando hacia afuera, estamos generando una serie de emociones y situaciones en el otro con repercusiones claras para su vida y su salud. ¿Asumimos las consecuencias y la responsabilidad de lo que estamos generando sobre otros? Cuando damos un consejo, cuando abrazamos, cuando herimos con nuestras palabras ¿realmente asumimos las consecuencias? ¿Nos hacemos cargo? Podemos generar situaciones de indefensión en la otra persona con palabras bonitas, incluso podemos creer que estamos ayudando con terapias y sanaciones, y también ahí estamos generando una dualidad en la respuesta: por un lado, un trabajo de sanación, por otra una deuda emocional y energética, y por otro lado es fácil que estemos generando una admiración, envidia, enojo, frustración en la otra persona por hacerle ver, consciente o inconscientemente, que nosotros somos mejores por ayudarles, o por mostrarnos excesivamente humildes. ¿Somos consecuentes con esta situación? Es más ¿somos conscientes de que al tender a ayudar a las personas tendemos a alimentarnos del dolor de los demás rodeándonos continuamente de personas que sufren con tal de sentirnos útiles y apreciados? ¿Qué generamos en la persona cuando sonreímos, abrazamos, hablamos dulcemente cada vez que está mal, e ignoramos, despreciamos o maltratamos cuando esa misma persona está bien, justo en ese momento que ya no somos útiles o necesarios en su vida?

Desde esa supuesta bondad, descubre, observa, si realmente te enriqueces ayudando, te creces en el malestar del otro porque te sientes necesario y útil. Te creces ante una persona que está sufriendo, y al ayudar sientes más conciencia, más amor, más humildad, más no eres capaz de sentir todas esas emociones positivas ni mostrar esas actitudes positivas cuando no hay nadie que te necesite fuera de ti.

Superar esto no es fácil. Aprender a descubrir lo que generamos en otras personas o lo que realmente buscamos en nuestras relaciones no es fácil. Más cuando lo descubrimos, lo realmente desafiante es hacernos cargo. Responsabilizarnos y ser coherentes con nuestras acciones. Ser consecuentes con lo que hemos generado.

Pongo un ejemplo. Discutimos, reñimos a la persona con la que convivimos. Llegamos una discusión acalorada donde decimos cosas que no pensamos o no sentimos. Y entonces la otra persona se siente herida. Y ahí cambiamos, actuamos con amor, con dulzura. Calmamos la tensión pues nos hemos dado cuenta que hemos hecho daño. Incluso nosotros nos sentimos mejor por que se ha liberado la tensión, porque la estamos ayudando, porque ya nos sentimos en otro lugar en la relación. Entonces observamos ¿qué está ocurriendo? ¿porqué me alimenta o me calma el papel de ayudador, porque necesito este tipo de atención? ¿Eres consciente realmente de todo lo que está ocurriendo? ¿Eres consecuente al comprender que no has actuado con sabiduría, ¿qué actitud o cambio esperas generar para no buscar en una discusión el desahogo de la emoción de la otra persona?

Es hermoso, muy hermoso, cuando en una relación, después de un tiempo sin comprender algo, o con una emoción atascada, se logra liberarla y expresarla sanamente. Escuchando e integrando todo lo que ocurre, más esto es algo diferente de lo que estamos hablando. No se trata de bloquear toda emoción en la relación, al contrario, de fluir con ellas, de permitir generar el contexto de amor y cariño para que dichas emociones se expresen con salud. Tal vez sabes que la otra persona, o tú, tenéis una emoción bloqueada que os daña, entonces se busaca ese contexto con total respeto y cariño, donde sostienes a la otra persona permitiéndola que desahogue la emoción, o pides a tu compañero, compañera, que te ayude a generar ese espacio para tú desahogarte. Nada que ver con sacar a relucir la intimidad del otro, o sus trapos sucios, o utilizar sus secretos para dañarlo y forzar así su emoción. Hablo de un momento de cariño y respeto, de sostén y acogimiento, no de reclamo y frustración. Aprendiendo a diferenciar y descubriendo el lugar del otro su intimidad y respetando su espacio.

[/vc_column_text][/vc_tta_section][vc_tta_section title=»Autoengaños» tab_id=»1532980656562-64bd4a42-077c»][vc_column_text]Conocimiento de los autoengaños

Los autoengaños son fieras defensas que nos ponemos para no lograr un cambio. Aparecen en cada momento, en cada decisión. Aparecen en nuestras emociones y en nuestra mente, en nuestro cuerpo, en nuestra forma de caminar, en nuestros gestos, en lo que entendemos de la vida. Los autoengaños son formas de autosaboteo donde, de una forma u otra, una parte de nuestra mente parece que hace lo imposible por ir en contra de nosotros.

Descubrirlos no es fácil y según avanzamos en la vida vamos descubriendo más y más.

Se dice que todas las personas tenemos una parte de la mente que autosabotea de manera continua el fluir de la vida, y se dice que por ello es necesario una disciplina, para ir lidiando poco a poco con esta parte de la mente, disuadiendo y perseverando en la corrección de la mente, eliminando actitudes negativas que actúen como autosaboteos que no nos permitan ser felices y crecer.

Hay personas que eligen detallar cada uno de los autoengaños escribiéndolos a fin de permanecer atentos ante ellos, pues es una línea muy delgada donde ya no se pueden ver y se esconden nuevamente.

Muchas personas encuentran los autoengaños en los juicios, en los temores, otros los encuentran en el ego.

Realmente no importa tanto. Conocerte es descubrirlos. Comprender que están ahí. Escucharlos y observarlos. Descubrir las estrategias mentales para no comprender algo, para eludir una responsabilidad, para sentir una emoción y justificar las acciones negativas en dicha emoción. Para implicarte en la vida de los demás sin respeto o incluso para dañar a las otras personas. Conocer los autoengaños te hará lograr rectitud y coherencia en la vida.

[/vc_column_text][/vc_tta_section][vc_tta_section title=»Sentimientos profundos» tab_id=»1532980707779-a8d2a25c-49bc»][vc_column_text]Un sentimiento nada tiene que ver con una emoción. Un sentimiento es conmovedor. No se puede analizar, no se le puede poner nombre alguno. Un sentimiento profundo no es bueno o malo, es. Transforma tu vida y todo lo que hay en ti. Permitir, reconocer y escuchar el sentimiento de tu alma es un camino para experimentar el amor en otro nivel. Aprender a reconocer la diferencia entre las emociones y los sentimientos y comprender que un sentimiento trasciende todo lo físico.

La emoción es una parte del cuerpo, atraviesa en muchas formas la vivencia y nos obliga a vivir desde un ángulo u otro. La emoción está sujeta a una vivencia física y una experiencia física. De una forma u otra nuestra mente está totalmente condicionada y condiciona totalmente las emociones.

Un sentimiento no es condicionado por la mente, ni por el cuerpo, ni por las emociones. un sentimiento profundo, como un sonido hondo del ser, trasciende el cuerpo, la materia y la mente. No tiene palabras. No es de amor, ni de dolor, ni de temor, simplemente ES. Te respira y te leva a trascender un estado determinado.

Observarte te llevará a una clara identificación del sentimiento

Muchas personas sienten amor más no saben lo que es el amor, pues no viven en el sentimiento sino en las emociones. y no se trata de abandonar las emociones, son parte de la vida, y una parte necesaria para tener salud. Se trata de permitir que el sentimiento brote, que la vida nos transforme, nos toque, nos atraviese el alma y el sentir auténtico del ser resuene en cada aspecto de la vida. Yo desde mi mente ¿cómo sabré que siente el alma?, yo desde mi cuerpo, con mis emociones ¿cómo sabré lo que siente el alma? Las emociones, los pensamientos, las visiones, sólo podrán entregarme una parte de ese sentir. Debo permitir que la vida me conmueva para que mi sentimiento sea profundo y transformador.

 

[/vc_column_text][/vc_tta_section][/vc_tta_tabs][/vc_column][/vc_row]

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