Los venenos y las actitudes perturbadoras

Cómo se reflejan unos venenos en otros

Todos los venenos, de una forma u otra, contienen a todos los demás. Podríamos tomar cualquier instante en que se siente ego, envidia, ira o apego, y veríamos cómo estos venenos se reflejan unos en otros. La persona que se muestra envidiosa, por ejemplo, actúa también con codicia —ansiando más de lo que tiene—, con apego hacia lo que ya posee, con ira hacia quien envidia, con orgullo al creerse mejor y merecedora de algo, y sobre todo con ignorancia ante lo que realmente es y ante lo que está surgiendo en su vida.

Los venenos surgen todos de la ignorancia: el ego, la envidia, el apego, la ira y la codicia son formas en que esta ignorancia se manifiesta.

Son naturales en la condición humana, y es normal tenerlos. Por eso, desde la antigüedad, muchas culturas necesitaron escribir normas de conducta, leyes o reglas de comportamiento: está claro que, más de lo que pensamos, todos tenemos estas actitudes, con independencia de lo que creamos de nosotros mismos. El problema no es tenerlos, sino creer que ya los hemos superado o trascendido, pues son parte de la condición humana.

La felicidad, la contemplación y la conciencia no surgen de eliminar de raíz dichos venenos, sino de liberarnos de ellos: comprender que surgirán cuando tengan que surgir, sin aferrarnos a ellos. No son los venenos los que generan el dolor, sino la fuerte identificación que tenemos con ellos, adhiriéndolos a nuestras bases y a nuestra vida.

La codicia: el veneno que los contiene a todos

La última emoción perturbadora, la que los contiene a todos, es la codicia. Una persona codiciosa tendrá una actitud ambiciosa sin límite: deseará por encima de todo poseer, lograr y tener aquello que no tiene, y nada le bastará. Dará igual lo que tenga, no logrará la paz en su interior. Es posible incluso que la sed aumente cuanto más tenga, haciendo que todo lo que posee —incluidas las relaciones— se convierta en un medio para lograr algo más, o para demostrarse a sí misma que lo ha conseguido. Todo son retos, metas, superación y necesidad de lograr más.

La codicia no pertenece únicamente al ámbito material y terrenal, sino a todos los aspectos de nuestra vida, incluida la espiritualidad. Por encima de los demás venenos, los alberga a todos, porque es la consecuencia de no haber sanado la ignorancia en su raíz, permitiendo que crezca y se desarrolle hasta convertirse en codicia.

Tener codicia es un sufrimiento inmenso. Queremos tener más cerca a la persona que creemos amar, controlar más a los amigos, tener un mejor trabajo, ser padres por encima de lo que la naturaleza nos muestra, tener más dinero, lograr otra personalidad, ser mejores personas. Ansiamos, por encima de todo, alcanzar la meta. Y queremos ser nosotros por encima de los demás, porque la codicia nos entrega un sentimiento de poder banal que acaba con toda posibilidad de autoridad y poder personal reales.

La persona codiciosa creerá que no es así, que todo son necesidades, que busca solo aquello que le falta. Sin embargo, pasan los años y, tenga lo que tenga, haga lo que haga, nada le satisface y quiere más. Quiere ser la mejor, la más bella, la más llamativa, la más buscada, la más inteligente, la más escuchada; quiere resaltar en todos los aspectos frente a la otra persona. Quiere que su amigo la considere mejor y por encima de los demás, quiere ser más importante en la vida de otros. Quiere ser vista, porque en el fondo se siente totalmente dividida y separada de los demás. Nada la serenará hasta que no comprenda que es una con todos, y que, haga lo que haga, supere lo que supere, tenga lo que tenga, seguirá siendo igual a todos los demás.

Si observamos el planeta, comprendemos con facilidad que la codicia es el error más grande que está cometiendo la humanidad: es lo que está destruyendo el mundo. Nuestra codicia avanza hasta límites donde la esclavitud, el abuso y el maltrato se vuelven normales, no solo hacia las personas, sino hacia el agua, la tierra, los elementos. Y como está bien vista, no tiene límite.

Rostros cotidianos de la codicia:

Quien ansía saber siempre más puede no ser consciente de que esa sed se transforma en codicia de conocimiento.

La persona que canaliza, o desea canalizar, a un ángel o a un ser superior, tampoco puede comprender que está codiciando cada vez más energía.

El sanador que quiere ser sanador, en lugar de sanar a la gente.

El médico que desconfía de todo lo que él mismo no hace, piensa o dice.

La madre que acapara todas las experiencias de sus hijos, sin permitirles tener libertad.

El hermano que coquetea con la pareja de su hermano.

El amigo que siempre se aprovecha.

El alumno que quiere ser el mejor por encima de todos los demás, manteniéndose lo más cerca posible de su maestro porque, en el fondo, ya tiene en mente llegar a ser como él, o mejor.

La codicia está presente como algo natural en los medios de comunicación, en las películas, en los libros, en la forma de vender, en los colegios, en la vida en general.

¿Cómo identificarla?

Comienza cuando una persona ve algo en la vida de otra y no se limita a admirarla, sino que lo quiere para sí, quiere lo mismo, lo busca y lo compra. Comienza cuando el niño en el parque no tiene el mismo juguete que otro niño, y sus padres, al día siguiente, ya le han comprado uno igual para que no se sienta mal. Comienza en una sociedad de consumo donde se cree que todo puede comprarse —con dinero, favores o una sonrisa— sin importar las consecuencias de tener por encima de lo que realmente necesitamos.

Despojarnos de esta necesidad de posesión es muy complicado: aparecen la culpa y el temor. Tal vez la identifiquemos primero en lo material —nuestra casa, nuestro coche, nuestra ropa, nuestras cosas, nuestros libros—; nada se comparte del todo; podemos regalar, sí, pero ya hemos posedo ese objeto, y eso nos hace sentir tranquilos.

Luego avanza hacia las relaciones. Logramos tener a la persona que queremos, y si no, sentimos frustración. Más aún: logramos que esa persona haga, actúe y piense lo que queremos que piense. Y poco a poco anulamos su juicio, pensando por ella: «toma esta dirección», «no hagas esto», «dile eso a esa persona»… Así, quien tenemos al lado deja de pensar y de estar alerta, porque tiene por compañero a alguien que, al pensar por él, le inutiliza el propio pensamiento.

Hay codicia al querer controlar la naturaleza y tener hijos que no llegan de forma natural. Codicia al medicar a los niños para que no sean como son, y se comporten como querríamos. Codicia al generar vínculos de posesión con quienes nos rodean: poseer amigos, poseer parejas, poseer personas, convertirnos en piezas imprescindibles de su vida para que no puedan irse, como si fueran nuestras posesiones.

El ego codicioso busca también la mejor postura de yoga, la mejor respiración, la mejor experiencia mística, ser la persona más espiritual, tener el mejor maestro, incluso la conexión espiritual más pura y elevada. La codicia nunca se detiene, hasta que no la vemos.

Aprender a necesitar poco

Realmente necesitamos poco, muy poco, y darnos cuenta de ello es vital para superar la codicia. No necesitamos las casas que tenemos, ni los coches, ni tantas cosas, ni un cuerpo perfecto, ni siquiera necesitamos —en el sentido estricto— a las personas que están a nuestro lado. Necesitar, realmente necesitar, es aire para respirar, alimento, un lugar donde dormir. Todo lo demás es hermoso vivirlo, pero no es una necesidad. Y vivirlo como si lo fuera nos convierte en esclavos de nuestra propia ambición.

La envidia: lo contrario de la admiración

La envidia es una extraña emoción en la que no logramos sentir una admiración sana por la otra persona. Tal vez nos parezca perfecta y maravillosa, y entonces creemos que la admiramos, cuando en realidad la envidiamos: nos comparamos con ella y nos sentimos pequeños, incapaces, inútiles. La admiración deja de existir, y aparece el dolor. Eso es envidia. Otras veces rechazamos a la otra persona, sentimos un «no sé qué» que la convierte en nuestra oponente. Esa es otra forma de envidia: lo contrario de la admiración en cualquiera de sus formas. Surge cuando, al sentir que el otro no es como nosotros, al no saber amar en la igualdad, no logramos admirar y disfrutar descubriendo al otro tal cual es, y en su lugar deseamos lo que posee, tiene o ha logrado.

Envidiamos a quienes juzgamos, a quienes sentimos superiores a nosotros, a quienes comparamos rápidamente con otras personas. Envidiamos cuando creemos que lo que el otro tiene no le costó tanto conseguir, cuando menospreciamos su vida, o cuando —en lugar de conmovernos ante algo bello que hace— lo juzgamos y analizamos. La envidia no nos permite admirar, ni amar, ni disfrutar de la otra persona: cuando sonríe, vemos hipocresía; cuando habla, entendemos mentira; cuando baila, analizamos y juzgamos lo que hace mal, sin lograr ver el sentimiento detrás. La envidia convierte a los amigos en enemigos, a los maestros en mediocres, a los hermanos en víctimas.

Superar la envidia comienza por reconocerla, y por comprender que, cuando actuamos desde ella, podemos dañar gravemente a otras personas. No se trata de disolverla, sino de transformarla en una admiración sana y bella hacia el otro: aprender a mirar sin juzgar, sin analizar, aprender a observar desde el corazón.

El apego: el miedo a disolverse

El apego es una fuerte necesidad de ser parte de algo o de alguien. Nos sentimos separados, y por eso necesitamos aferrarnos a algo para sentirnos unidos.

La persona apegada tiene un miedo inmenso al dolor, a disolverse, a ser vacío. Por eso se aferra a cualquier forma que le haga creer que es algo: puede ser su cuerpo, una adicción, una emoción, una creencia o incluso otra persona.

Vive a través de la manifestación de aquello a lo que se ha apegado, es decir, su sentido de vida depende de ello. Tal vez se ha apegado a un camino espiritual, a una dieta concreta, a una forma de pensamiento, a su familia o a la sexualidad; su vida está vacía sin aquello que cree necesitar. Y cuando siente que el objeto de su apego ya no la colma, corre a apegarse a otra cosa, transformando rápidamente la anorexia en vigorexia, la envidia en una supuesta amistad profunda, el remordimiento en ambición, el estudio en trabajo, el dinero en deseo sexual. Solo sabe que no puede quedarse a solas con ese vacío que siente, así que necesitará aferrarse a todo lo que pueda para sentir que existe.

Romper el apego consiste, primero, en comprender que es infundado: que no es amor, sino una forma del ego que daña tanto a quien lo siente como a los demás.

La ira: el dolor de no haber logrado lo que queríamos

Todos hemos sentido ira alguna vez. Es una emoción dolorosa que genera gran sufrimiento en quienes nos rodean. Se manifiesta como vergüenza, frustración, tristeza, desamparo: la ira no es solo rabia, es la emoción de sentir que no hemos logrado lo que queríamos.

Cuando una persona se siente totalmente insatisfecha en algún aspecto de su vida, cuando un deseo no ha sido cubierto, siente ira. Siente un dolor que le genera gran frustración, y esa frustración se convierte en ira.

Cuando somos conscientes de ella, la liberamos y no ocurre nada más. Cuando no lo somos, la ira se va transformando: nos aleja de las personas que tenemos cerca, porque las dañamos con palabras hirientes, con gestos y con una actitud violenta. Perturbamos los lugares en los que estamos, rompemos la energía de quienes nos rodean, actuamos en total desequilibrio con nuestro entorno, porque el objetivo del ego, en ese punto de frustración, es «romper» con lo que le rodea: romper una creencia, la emoción de otra persona, una relación, una ilusión, una sonrisa, la vida del otro.

La ira es, posiblemente, la emoción que identificamos con más facilidad cuando estalla en gritos y palabras hirientes, aunque también se expresa a través de la hipocresía, la lujuria e incluso la crueldad, al sentir placer ante el dolor ajeno.

El ego: la identidad falsa que tapa el vacío

El ego es la necesidad de formar un yo cuando nos sentimos separados del mundo. Es una falsa identificación de uno mismo. Cuando una persona no se conoce, no comprende lo que siente, o ni siquiera es capaz de sentir y manifestarse en el amor con libertad, tenderá rápidamente a construir una falsa identidad —un yo que sí parece realizado— para no sentirse vacía.

El ego buscará, entonces, tener más fama, tener siempre la razón, tener y ser por encima de los demás.

Un trabajo de toda la vida

Estos no son los únicos venenos que habitan en nosotros. Junto a la codicia, la envidia, el apego, la ira y el ego, existen otras muchas formas en que la mente se enreda a sí misma: la pereza, el orgullo, la duda, la aversión, el miedo disfrazado de prudencia. Cada persona los vive con matices distintos, y ninguna lista logrará nombrarlos todos.

Reconocerlos, comprenderlos y aprender a soltarlos no es una tarea que se complete una vez y quede atrás. Es parte del desarrollo humano mismo: un trabajo que se repite, se profundiza y se afina a lo largo de toda una vida. No existe un punto de llegada donde por fin quedemos libres de ellos para siempre; existe, más bien, una práctica constante de observarlos sin identificarnos con ellos, una y otra vez, hasta que ese mirar se convierte en costumbre.

Así, cada vez que un veneno asome, no es un fracaso ni un retroceso, sino una nueva oportunidad de seguir haciendo aquello que verdaderamente nos transforma: reconocer, soltar, y volver a empezar.

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