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Inteligencia emocional

Educar en tolerancia

Es muy posible que aquella persona que se cree mejor que otros, por dentro se sienta tan pobre y vacía como ninguna otra.

La intolerancia surge del orgullo. Y es en la misma educación durante la infancia que se gesta en nuestro interior.

Uno se siente mejor que los otros, se cree más listo, más sabio, piensa que sus creencias son mejores, o su actitud superior. Entonces uno desprecia a los demás y muchas veces incluso cree ser más humilde y compasivo sin poder ver el orgullo en forma de intolerancia que no nos permite abrazar a quien viaja a nuestro lado en esta vida.

Pobre es aquel que desprecia a quien tiene al lado sin comprender su recorrido. Que siente saber más que otros, o que, con sólo asomarse a la vida de otras personas, cree conocerlas cuando nunca lloró con ellas.

Tristemente, la mayoría de nosotros no desistimos de batallar hasta que la vida cesa o una enfermedad nos pone en peligro de muerte. Entonces desistimos de toda lucha y logramos rendirnos completamente, descansando y comprendiendo las banalidades del ego y la triste máscara que nos habíamos creído como propia.

El ciego cree ver más que quien tiene ojos, el mayor piensa saber más que el joven, el niño siente que se divierte más que el adulto, la mujer se cree mejor que el hombre, el hombre más honesto que la astuta mujer, quien tiene perro se siente mejor que quien tiene gato, el científico cree saber lo que piensa que el religioso no conoce, el religioso siente pena por la falta de fe del científico, el vegetariano se siente más consciente que quien come carne, el crudívoro más listo que quien es macrobiótico, el ecologista más sensible que quien no recicla. La prostituta piensa que la mujer casada es quien más sufre por los engaños y la madre se cree más amorosa que quien no tiene hijos. El profesor cree saber realmente lo que explica y el artista cree ser más sensible que el artesano, también el delgado se cree más saludable que quien tiene más peso, el enamorado cree amar más que quien tras treinta años de matrimonio sabe lo que piensa quien se sienta a su lado y la hormiga, pequeña y constante, se piensa más trabajadora que la cigarra. Las personas y sus juegos ridículos del ego, creyendo realmente que son su coraza, y con tanta necedad, que difícil se hace amar.

Hay tantos que creen estar en el camino de la verdad, aunque sólo escuchan los sermones de aquel maestro que más exótico y extravagante se muestra, y sin implicarse en serio en ninguna enseñanza, dan vueltas en círculo sin concluir nada. Sin comprender que antes de sentarse ante un maestro, sea quien sea, se muestre como se muestre, uno tan sólo debe arrodillarse desde el corazón, pues sólo descubriendo con humildad y admiración al otro, conmoviéndonos al descubrir su grandeza, ese niño que ríe, ese hombre que amasa pan, o esa mujer que recoge leña, descubrimos al maestro que es. Pero sin conmoción alguna, sin un triste destello de admiración sincera, quién podrá enseñarte nada.

Si uno se cree mejor que otros, la primera y única lección que escuchará y querrá entender, será que la vida no tiene nada que enseñarle, que no existen maestros, que dentro de uno está toda la sabiduría. Aunque el pobre de amor, sin lograr entender estas palabras completamente. Entonces quien actúa con necedad tan sólo se quedará quieto, sonriendo, jactándose del iluso que lucha e intenta superarse, creyendo saber que ya lo sabe todo y esperando que surja de manera natural toda la sabiduría y luz que tiene. Triste y solitario debe sentirse aquel que con arrogancia avanza en la vida. Que intolerante no logra emocionarse con lo hermoso y sencillo de la vida.

Es en la infancia cuando aprendemos tolerancia y respeto. Cuando nos educan como personas especiales, mejores, o cuando nuestros padres así se sentían haciéndonos creer que hay personas diferentes unas de otras, entonces crecemos creyendo que hay diferencias entre unos y otros que nos pueden hacer mejores o peores.

Entonces las máscaras de la vida se tornan duras y ásperas y como una coraza ennegrecen nuestro sentimiento puro. Muchos más cuando creemos que son parte de nosotros mismos y como camuflaje nos las ponemos cada día identificándonos más con ellas que con la misma vida.

Tan fácil sería como darnos cuenta que nuestras actitudes, decisiones y creencias no son más que eso: actitudes, decisiones y creencias. Que uno no es lo que piensa, y que no son las acciones mejores o peores. Acciones, pensamientos, sentimientos, tan sólo son energías que se mueven y nos mueven en la vida. El amor sólo puede surgir de una completa tolerancia y respeto, cuando comprendemos que somos todos iguales, y que la vida del otro es tan real y verdadera, tan inquietante e importante como la nuestra.

Qué tan vacía se debe sentir una persona para tener que identificarse totalmente con sus creencias, dejando incluso de amar. Que miedo tendrá el espíritu humano a sentirse libre totalmente de creencias, de roles, de su propia historia.

Educar en la tolerancia es aprender a admirar la vida y compartir con agrado la grandeza de descubrir al otro como persona única, maravillosa y plena. El otro es un ser completo. Sea quien sea, esté donde esté, es completo. Aquel que tenemos la oportunidad de conocer, aprende, camina, se identifica, y aun con todo, tras su máscara, es un niño libre, completo, inmenso, maravilloso.

Los aprendizajes de la vida no son lecciones que aprendemos ni técnicas que desarrollamos, sino un rendirse que nos permite sacar del interior aquello que de forma natural surge, aquello que conmueve y se conmueve, como un espíritu fresco libre de todo patrón. Sin amo, sello ni forma alguna, el niño mira la vida inocente y completo.

Para aprender tolerancia uno mira a su interior con honestidad y transparencia y permite que surja lo que tenga que acontecer. Sin tacha ni miedo alguno.

Para trasmitir tolerancia, uno mira al interior del otro con honestidad y transparencia, permitiendo que surja lo que tenga que acontecer. Sin tacha ni miedo alguno.

Al niño, el buen maestro lo permite crecer, lo permite ser. No pone atributos de bueno o malo, ni de mejor o peor. Permite que crezca, que se desarrolle con naturalidad. ¿Cómo sabrá uno si aquello que el niño dibuja, desde su pura inocencia, desde sus temores y emociones intactas, es mejor que aquello que creemos que debería dibujar?

El corregir desaparece.

El maestro se convierte en un acompañante auténtico en el desarrollo natural del niño o la niña. No dirige, no coacciona, no limita. Tan solo acompaña, entrega las herramientas adecuadas en el momento adecuado y, a lo sumo, muestra cómo hasta la fecha se han utilizado dichas herramientas.

De esta forma, no sólo el niño y la niña se desarrolla integrando valores de respeto y tolerancia, sino también crece creativamente y exponencialmente. Sus potenciales no son limitados, por lo que continúan desarrollándose a lo largo de la vida. Este tipo de educación, ya en muchas vertientes nos ha demostrado que nos ayuda a generar auténticos genios dando resultados extraordinarios.

Pero un adulto a veces debe desaprender todo lo aprendido para entregarse a este tipo de trabajo. Primero debe comprender que tal vez no sepa nada. Y no como una oración repetida como algún Sócrates despistado debió pronunciar alguna vez. Uno descubre que no sabe nada cuando admira tanto lo que le rodea que comprende que por más grande que sea su interior sería imposible albergar ni abrazar ni contener de ninguna manera el basto universo que nos rodea. Y desde esa admiración contempla el universo, sin pervertirlo ni desear cambiarlo.

Entonces el adulto siente que tal vez no deba estar únicamente vigilando ni guiando a un niño, sino creciendo a su lado, como un compañero de equipo y no como un guía o instructor que ya caminó y aprendió todo. Renaciendo cada día el maestro ante el descubrimiento, la sorpresa y la curiosidad. Pues aquel maestro que ya no tiene interés por descubrir algo nuevo, ¿cómo espera contagiar a los alumnos su deseo de aprender?

La enseñanza verdadera no surge como premio, no puede tener calificación, no puede medirse. El aprendizaje natural no depende de edad, sexo ni contenido correcto o incorrecto. Cuánto hemos puesto los adultos para modificar la enseñanza y hacerla a nuestro modo de entender. Así la historia que conocemos tan sólo es una pequeña parte de verdad que nuevamente se retoca, una y otra vez, para adaptarla a nuestro nivel de tolerancia y respeto.

E igual que con la historia ocurre con todas las ciencias, pues es imposible de contar los miles de veces que se han quemado los libros, que se han censurado temas, que se han limitado enseñanzas. Y si uno no puede aprender desde la libertad, su creencia igual se limitará. Entonces la intolerancia se repite una y otra y otra vez. Pues en el fondo todos sabemos que es imposible educar en el respeto y la tolerancia. Los valores, todos ellos, no se pueden aprender de ningún libro, en ninguna lección. Los valores tan sólo se aprehenden en la experiencia y el ejemplo.

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