Algunas personas con altas capacidades, o con una mente especialmente abstracta e intensa, pueden mostrar en ciertos momentos una forma de egocentrismo que les dificulta conectar emocionalmente con los demás. Pero ¿a qué se debe esto?
Imagina por un instante que tu mundo interior es inmenso. Tienes muchas ideas, muchas sensaciones, muchas imágenes mentales ocurriendo al mismo tiempo. Lo que vives dentro de ti es como una montaña rusa… o incluso como un parque de atracciones completo. Tu espacio interior es enorme, complejo, absorbente, y a veces apenas deja espacio para percibir lo que ocurre fuera.
Esto puede ocurrir en algunas personas con altas capacidades o con una vida mental especialmente intensa. Su atención suele estar tan dirigida hacia lo interno: sus ideas, sus visiones, sus análisis, asociaciones, emociones, hipótesis, que el exterior puede quedar momentáneamente en segundo plano. No porque los demás no les importen, sino porque todo lo que ocurre dentro de ellas parece gritar más fuerte.
Así puede surgir cierto egocentrismo. No necesariamente desde la maldad o el egoísmo consciente, sino desde una excesiva focalización en el propio mundo interno.
Por ejemplo, una persona neurotípica, al ver que alguien se tropieza, suele reaccionar rápidamente y ayudar casi de forma automática, bueno, ayudar en función de sus valores y lo aprendido en la vida. Pero una persona con una mente muy analítica o hiperactiva puede quedarse atrapada durante unos segundos en una cascada de pensamientos: observa la caída, imagina el dolor, analiza el motivo del tropiezo, percibe las reacciones de la gente, piensa en las consecuencias, en los detalles, en todo a la vez. Y mientras su mente procesa esa avalancha de información, desde fuera puede parecer fría, distante o indiferente, porque con todo lo que vive en su interior está bloqueada y no tiene ni idea de lo que debe o puede hacer.
Si durante la infancia esa persona no aprende a equilibrar pensamiento y empatía, puede acabar desarrollando conductas profundamente egocéntricas. No porque se crea superior de forma consciente, sino porque nadie le enseñó a salir de sí misma, a escuchar realmente, a detener el análisis cuando toca actuar, acompañar o simplemente dejar espacio al otro.
Esto puede ocurrir cuando un niño con altas capacidades ha sufrido en la escuela, ha sido excluido de alguna manera y no ha logrado tener relaciones con sus compañeros. Entonces su forma de empatía se desequilibró en cualquier extremo: por exceso o por defecto.
El mundo interior comienza a ocupar demasiado espacio. Con los años la persona puede empezar a pensar que sus ideas son más importantes, más valiosas, que su forma de ver las cosas es más profunda o más correcta, y que los demás deberían adaptarse a ella. Y muchas veces ni siquiera lo hace desde la arrogancia abierta, sino desde la convicción silenciosa de que aquello que vive dentro de sí tiene más intensidad, más valor o más claridad que lo que viven los otros.
Sin darse cuenta, puede asumir que su tiempo vale más, que sus proyectos son más importantes o que quienes la rodean deberían sentirse afortunados de formar parte de su vida. Y ahí aparece un problema profundo: deja de percibir el esfuerzo, el tiempo y el sacrificio emocional que los demás entregan por ella.
A veces esto se confunde con narcisismo, pero no siempre son lo mismo. El narcisismo implica una necesidad constante de superioridad, admiración y validación, además de una falta profunda de empatía. En cambio, algunas personas con altas capacidades o una mente extremadamente centrada en sí misma pueden parecer narcisistas cuando en realidad viven atrapadas en un exceso de mundo interior y una escasa educación emocional.
Para ellos, mirar hacia dentro es fácil, es lo normal, mirar hacia fuera es un esfuerzo porque nunca o muy pocas veces lo han hecho.
Eso no significa que toda persona con altas capacidades sea egocéntrica, ni mucho menos. Muchas son extremadamente sensibles, empáticas y conscientes del sufrimiento ajeno. Pero cuando la inteligencia emocional no se desarrolla al mismo ritmo que la intelectual, puede aparecer una desconexión importante entre comprender el mundo y comprender a las personas.
Porque pensar mucho no siempre significa saber mirar al otro.
Cuando convives con alguien que vive esta realidad, es normal que te veas envuelto en sus ideas y sin darte cuenta dejes a un lado todos tus proyectos personales. Poco a poco te ves “engatusado” a seguir el camino del otro, a ir a donde el otro decide, a “servirle” y dedicar tu energía. Porque crees en su proyecto de vida tanto o más que en el tuyo. Si vives con una persona así, si no te das cuenta a tiempo de este problema, puedes abandonar tanto tu propio proyecto de vida que un día descubres que no tienes ninguno.
Ves al otro asertivo, pues sabe lo que quiere y lo defiende, y lo consigue. Y esto no es malo, no es egoísmo, es una virtud que debes desarrollar.
Entonces has de comprender que, por muy interesante o por muy inteligente que sea la otra persona, por mucha verdad que lleven sus palabras, has de ser firme en fortalecer y crear tu espacio personal, en defender tus ideas, en desarrollar tu propia asertividad, para descubrir lo que quieres y necesitas, abrir ese camino y seguirlo.
Toca aprender a escuchar, aprender a ponerte en el lugar del otro, a respetar su proceso de vida, a valorarlo y sobre todo a admirarlo.
Cuando es a ti a quien le ocurre, cuando es tu vida interna la que grita tan fuerte que no te permite escuchar a los demás, has de desarrollar unos valores humanos que te permitan vivir en este mundo en equilibrio. Valorando tu mente, tu intelecto, tu vida interna, pero a la vea comprendiendo que formas parte de un todo, y que la realidad ajena es tan importante como la tuya.






