Casi todos viven con un nudo interior. Un dolor por todo el apego mental y emocional a cómo deberían ser las cosas. El origen de su sufrimiento es la necesidad de que las cosas sean de una forma determinada: su cuerpo, su vida, su economía, sus relaciones personales…
Hay un enredo de deseos, miedos, expectativas y resistencias que les genera dolor y frustración constante.
Chuang Tzu, en el libro de Chuang Tzu, hacía una referencia a esto en su parábola: habiendo desatado el nudo.
Desatar el nudo es liberarse de todo ese apego, soltar el apego emocional de cómo deberían ser las cosas, liberarse de nuestra lucha personal. La persona estaba “atada” a sus expectativas con las cosas, a las propias cosas. La persona estaba anudada a toda la materia, y por eso sufría.
Es como una pérdida, un duelo sin superar, cuando la persona está atada a la forma material, a lo que fue, al pasado, entonces hay un nudo. Cuando la persona logra desatarlo se siente libre, abre el corazón y puede amar el presente, liberarse del dolor del pasado y comprenderlo como una virtud, o como un regalo, y puede amar más allá de la forma y de lo concreto, puede sentir alegría y dicha, gratitud y plenitud.
El nudo surge de todo a lo que estamos atrapados, todo lo que necesitamos que sea de una forma determinada, lo que externo o interno a nosotros, queremos que sea o necesitamos que sea de una forma, ya sea que esa forma ya exista o que la añoremos, o que la busquemos. Apego a la salud, a la forma, a la identidad, a la vida, al control…
Cuando la paz no depende de los resultados, uno ha desatado el nudo. Cuando la felicidad, la gratitud y la dicha no dependen de la forma material, entonces se ha desatado el nudo.
Tenemos una frustración y nuestra inercia es intentar arreglar aquello que no nos gusta, utilizar nuestra rabia para cambiar lo que no nos gusta, y eso está bien. Es esencial que el ser humano se esfuerzo en mejorar, en sacar lo mejor de sí mismo, pero entonces, ¿por qué no intentamos asociar la alegría, la felicidad, la paz y la gratitud, ese bienestar interior, no a los resultados, sino a la misma vida?
Ponernos en el punto de todo irá bien, y me siento bien, pero, si todo va mal, también me siento bien. Eso es desatar el nudo.
El Universo no se aferra a ninguna forma, funde todo, disuelve todo. Nuestra vida tiene caducidad, pero no sólo nuestra vida, todo cuanto nos rodea. El Universo funciona así, entregando la vida, entregando la forma y disolviéndola o transformándola cuando es el momento.
Pero la mente busca dividir, aferrarse, se resiste a ello. Vivimos como si la vida fuera eterna, es más, la vida misma se comporta como si no tuviera final. Tal vez ese sea el sentido de la vida: vivir.
Tanta gente busca tener un motivo especial, un plan divino, una razón de vida… Aunque la vida en si misma, la naturaleza salvaje y perfecta, no resalta atributos del ego, no le importa el ego. El manzano da frutos y no mira a quién, la ola se eleva y no contempla lo que mueve, el volcán exhala su lava y su ceniza sin miramientos. La lluvia cae, y antes de llover, no llama a tu puerta para preguntar si ese día te viene bien que llueva. La naturaleza actúa, sin importar la idea que tengas, ni tus planes, ni nada. Igual la vida, actúa, sin pedir permiso.
Pero el ego quiere aferrarse a los resultados, y esto genera mucho dolor y frustración. Bien por todo el esfuerzo por conservar la forma que nos gustaría, bien por el esfuerzo por conseguir lo que no tenemos.
La libertad es desatar el nudo, el nudo de nuestra mente asociado a los resultados, que no quiere responsabilidad de sus actos, que se empeña en merecer algo, en los resultados como un favor divino o personal, o en los resultados por la vibración, o por la emoción.
Todos los seres humanos desean la felicidad, merecen la felicidad, todos los seres humanos merecen salud, cariño, merecen tener cubiertas sus necesidades, todos. No hay un ser humano que merezca más que otros. Pero la mente humana divide en merecimientos, en justicia, en niveles de bienestar, en apegos. La mente humana cree que hay vidas que deberían ser más largas que otras, o vidas que deberían ser más cómodas que otras, o mejores.
Puedes “desatar el nudo” comprendiendo esto. No se trata en pensar en porqué uno merece lo que tiene, porque obtenemos lo que tenemos, ni pensar en el karma, ni en el resultado de quién somos, sino en pensar en que todos, en todo momento, merecen una vida plena. Sin frustrarse ni culpar a quien no la encuentre, sino, sólo entendiendo nuestro apego a nuestros resultados personales olvidando los demás.
Puedes “desatar el nudo” comprendiendo también que gran parte del dolor es por el mismo nudo. No por el sufrimiento de la vida, ni por lo que hemos pasado, ni por las injusticias… El dolor es fruto de nuestra mente apegada a los resultados, la creencia en la separación, los deseos, temores y apego al resultado. Algo que se puede comprender fácilmente observando la felicidad de los niños, completamente desapegados, felices sin más, sin importar los resultados. Un niño sano es feliz si juega con los palos en el monte, con el fango y con las ranas, o si juega con los últimos juguetes que han salido al mercado. Es agradecido cuando recibe y cuando no. Es generoso en su cariño y perdona con facilidad. No juzga, no pierde el tiempo en criticar y no mira hacia atrás. Cuando los padres o mayores les enseñan que hay mejores y peores, que existen resultados buenos o malos, les cambian su forma libre y completa de ser, entonces se agarran como locos a esa forma y comienzan las pataletas, los caprichos, la frustración y su dolor.
Vemos un niño sano que llega del colegio y sus padres le intentan preguntar: ¿Qué hiciste en el colegio? Pero el niño no puede recordar, no cuenta nada, no porque no se acuerde, sino porque no necesita recordar. El niño sano vive el momento con intensidad. Pero el niño que ha sido criado apegado a la forma y a los resultados recordará todo: con quién ha jugado, con quién no, que le dijo la maestra, qué hizo bien y qué hizo mal. Recuerda cuándo lo pasó bien pero también recuerda lo que no le gustó. No vive en el ahora, vive en el resultado. Su mente está anudada, porque le han enseñado, porque poco a poco la mente se anuda a los resultados y las formas.
Ser como un niño es desatar ese nudo, vivir el presente y respirar la vida tal cuál se presenta. Ser libre cada instante de la vida, ser completo cada instante de la vida, sin importar la forma ni los resultados.
Desatar el nudo implica comprender que las formas son lo que son, que la vida es lo que es. A veces es recta, equilibrada, y a veces todo está torcido como el árbol de la imagen. Sobrevivir, generarse y transformarse, implica seguir el camino posible, y a veces ese camino nos deja huella. No hay otro sendero, seguimos el que podemos. Como ese árbol que se encorva, gira sobre si mismo, se tuerce e inclina para encontrar el camino a la luz. No siempre es fácil, sobrevivir y transformarse no es una elección, es una necesidad, y el siguiente paso del sendero no es una lotería, ni una respuesta como un castigo o premio universal. El siguiente paso es lógico, matemático, perfecto, el que no toca vivir, el que el Universo, que no entiende de pedir permio, nos entrega.
Entonces seguimos el camino que tenemos ante nosotros, y eso es perfecto.







