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Filosofía y enseñanzas espirituales

La verdadera práctica espiritual. La contemplación

Mires donde mires encuentras alguna persona arrastrando una lucha incesante en su vida. De alguna forma, esta manifestación terrenal a veces supone una brecha, y como un roto en la parez, craquela la mente y oscurece la visión trascendental.

Nadie debería juzgar al otro, desconocemos su tremenda lucha por la vida, desconocemos su dolor.

Miles de personas inseguras dan un paso tras otro cada día. Achacan su inseguridad y su sufrimiento a su pasado doloroso, o tal vez al incómodo presente que viven, o a todo aquello que vendrá para lo que no se sienten preparados. Pero todos por igual sufren.

Otros sufren por el sufrimiento de otras personas, otros sufren por negarse la posibilidad de sentir.

En un planteamiento práctico sería bueno poder vivir sin generar más sufrimiento en los demás. Básico, en una persona que realiza una búsqueda interior, es trabajar los paramitas, las buenas formas que ayudarán a que se suavice el dolor y ante todo, llevarán a no generar más. Unas buenas formas, una buena actitud, una consciencia mayor de que nuestras palabras, actos e incluso pensamientos afectan a todo cuanto nos rodea. Este trabajo es parte de la vida. La moralidad cobra sentido cuando comprendemos que no existe para ser «correctos» en la forma, sino para acompañar con sabiduría y amor a quienes nos rodean.

De una forma más sabia sería hermoso vivir ayudando a abrazar ese dolor del otro. Una vez superado el propio dolor, o mientras esté se supera, trabajar en abrazar, entender y escuchar al otro, ayudando a que las personas y los seres sintientes no vivan tan en la brecha, sino en la dicha plena. Inclinados hacia esta forma de trabajo estarían todos los terapeutas, psicólogos, mediadores y guías espirituales. Su objetivo principal, un mundo más feliz, disolver el sufrimiento.

Y de una forma más consciente, seria inteligente aprender a descubrir porque existe ese sufrimiento e intentar disolverlo.

La felicidad surge de este recorrido. No se puede enseñar, es como un pequeño camino de auto descubrimiento.

En esencia, no existe la separación, pero para poder vivir este sueño hermoso, es necesario una ilusión de separación. Un interesante velo que  nos ayudará a vivir en el mundo de las formas y las ilusiones. En esta manifestación, la separación, la dualidad existe. Existe una sensación de un yo clara y definida, y existe una sensación clara de que uno no es lo que le rodea. Incluso existe la ilusión de que todo cuanto nos rodea son concreciones diferenciadas.

Además, cada aspecto de la manifestación tiene más o menos importancia para cada persona. Por ejemplo, es más importante un hijo que una casa. Así que ya no hay solamente dualidad sino también diferenciación.

El primer compromiso en el camino es desarrollar un sentimiento profundo de compasión que disuelva esa diferenciación. Lograr poco a poco amar por igual todo cuanto nos rodea. De esta forma las mirada dejará de posarse en aquello que consideramos mejor, lo más bello, o más valioso, y se apoyará en el infinito.

Es un compromiso con uno mismo, con la propia esencia. Y no se trata de desvincularnos de las cosas que amamos, sino de aprender a amar más profundo, en ese lugar donde todo es uno.

Gran parte de prácticas espirituales se basan en este trabajo. Serían como un sacrificio, un trabajo de desapego y conexión. Su único objetivo o el objetivo principal abrir la mente y el corazón para dejar de limitar nuestra experiencia de vida, a fin de lograr apoyar nuestra mirada en la esencia, sin una actitud desafiante ni orgullosa. Aprendemos a observar más allá, sin ojos, no para ver nada, sino para dejar de ver lo ilusorio, y entonces se muestra la esencia invisible e intangible.

Un segundo compromiso surge con la necesidad de acabar con ese sufrimiento. Se trataría de lograr comprender que todo cuanto existe en esta realidad se manifiesta como individual y amenaza con ser constante, pero es impermanente y vacío. Todo está completamente relacionado, y todo, de una forma u otra, desaparecerá engullido por el Uno regresando al punto desde donde surgió.

Al acabar con este sufrimiento la persona encuentra una felicidad duradera. Aprende a fluir con la vida, a comprender la sabiduría de Heraclito de Efeso, a saber vivir y abrazar cada uno de los cambios. Despojado de la intención de ser algo, uno fluye y encuentra la felicidad en la vida.

Desde este dulce caminar, amando por igual a todos, comienza un auténtico trabajo de despertar. No podemos decir que sea evolución personal, aunque así lo llamemos, porque la persona no evoluciona, ni nada en ella, al contrario, desaparece, se disuelve el sentir de separación y surge un sentir de totalidad.

Cuando sentimos la unidad damos un paso adelante hacia lo profundo. Hemos abierto la puerta del silencio y hemos podido tener alguna sensación de claridad.

Cuando sentimos el amor incondicional, la compasión y caminamos en cada paso conscientes de que somos una gran familia universal, entonces, podemos produndizar y expandir la clara conciencia que hasta ese momento, aunque nos diera signos de evolución o de capacidades algunas, estaba dividida y se sentía vacía.

Si un practicante oscurece su mente buscando poderes, información y tesoros, los verdaderos tesoros dejarán de ser visibles. Dejara de ver la familia universal, de sentir la compasión, de comprender que la meta no es ayudar a otros porque los otros nos necesiten, ni existen mayores y menores, evolucionados e involucionados, sino porque todos somos uno.
Entonces aparece la verdadera practica: sin pasado, sin futuro, sin visiones, sin pensamientos, uno descansa en la mirada contemplativa que no discrimina ni juzga.

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