La Escucha en el Camino Espiritual

La escucha profunda

Escuchar profundamente nos permite escuchar el Universo, escuchar el vacío, escuchar el alma y al ser. Escuchar es una forma de experimentar y vivir.

El ego no sabe escuchar

Muchas veces se nos escapa la vida aprendiendo una y otra vez lo mismo. Muchas veces nuestra mente hace lo imposible por no escuchar, por no hacer caso; llega incluso a intentar destruir la fuente cuya respuesta nos podría ayudar a lograr un cambio.

Nuestro ego hará lo imposible por diferenciarse, por ser un ente separado de lo que le rodea, por existir. Intentará tener algo que lo identifique, incluso creerá tener sabiduría, conocimientos, conciencia, amor. Buscará fama, reconocimiento; se comparará continuamente con lo que le rodea, se sentirá por encima de los demás, o por debajo.

Por más que uno quiera, la escucha no se puede realizar desde el ego, sino desde el silencio. Por eso, desde siempre, en todas las escuelas de sabiduría se daba mucha importancia a la actitud del estudiante mientras escuchaba, ya fuera ante el libro, el altar o el maestro que le enseñaba —pudiendo ser ese maestro cualquier voluntad divina—. La escucha ha de ser sincera y coherente. Una sola pizca de ego en nuestra escucha dividirá el mensaje, lo fragmentará, hará imposible comprenderlo, dispersando nuestra mente y haciéndonos olvidarlo con rapidez, o lo envenenará con juicios hacia el propio mensaje o hacia quien nos lo entrega. Este veneno es aún mayor cuando uno se siente por encima de quien le está hablando.

Cuando no escuchamos nada: un caldero con agujeros

Da lo mismo lo que hagamos: si no escuchamos nada, nada hemos aprendido. A veces nos hablan y nos hablan, la vida nos muestra una y otra vez lo mismo, y no hay comprensión ninguna. Puede ser que bloqueemos cada cosa que nos llega, o que esperemos que la información se asiente sola, sin meditarla ni comprenderla. Puede ser que, al escuchar, en vez de estar con una alerta completa, estemos pensando en la ropa de quien nos habla, en su estilo de vida, o en lo que haremos más tarde con esa información. Todo entra por un oído y sale por otro.

En una reunión o una sesión de trabajo, parece que hemos vivido muchas cosas, que hemos sentido mucho; sin embargo, al salir, no podemos recrear ni media palabra de lo escuchado. Tal vez alguna interpretación. El mensaje se va con rapidez y no llega a convertirse en una herramienta para el cambio: no hay comprensión.

Quien vive este tipo de escucha se siente realmente atascado. Por más que intenta avanzar, recibe y recibe información, mensajes, bendiciones, pero su vida no cambia. Siente grandes cosas, siente transformaciones continuas, pero no las entiende, no las escucha. No escucha la vida con atención. Es posible que su atención esté puesta en la necesidad de sensaciones o de emociones. Es posible que esté difusa justo en el momento en que debería estar más presente.

Se dice que esta persona es como un caldero con agujeros: intenta llenarse de sabiduría, pero esta se escurre por los agujeros sin dejar nada en su interior. Actuará con torpeza, con egoísmo, y podrá escuchar a su amigo, hermano, padre, madre, hijo o maestro millones de veces sin lograr que estos la cambien, porque hay un desvío en la atención que no permite una escucha profunda.

Aprender a enfocar la atención

Entonces hay que trabajar la atención. Hay que aprender a enfocarnos. Enfocarnos no es sentir las emociones y ya está, tampoco es dejar que las cosas se hagan solas, ni confiar en que un espíritu de gracia venga y lo transforme todo por nosotros. Enfocarnos es poner toda nuestra energía, desde un silencio y una atención sincera y profunda, en aquello que estamos viviendo. Dejar a un lado todo lo que superficialmente acapara nuestra atención y, sobre todo, cuando esa atracción es demasiado fuerte, aprender a discernir con claridad entre lo que es superficial y lo que no lo es.

Un buen orador, ciertas películas, un artista o incluso una madre son capaces de desviar la atención de quien los escucha hasta que este se olvida de todo y se centra por completo. Disponen cada elemento a su alrededor para que el mensaje llegue con claridad, y entonces resulta fácil escuchar, fácil sostener la atención, porque todo está dispuesto para enfocarla en un solo punto. Pero en la vida, los mensajes más importantes —aunque nos lleguen gritados desde todos los rincones— son ignorados con facilidad, y tenemos que escucharlos una y otra vez. Lograr la atención completa exige mucho esfuerzo y dedicación, sobre todo cuando nunca se ha entrenado. Cuando escuchamos desde ese silencio, algo se transforma al instante: no necesitamos escucharlo más veces. Logramos una visión clara y completa de lo que nos llega. Tal vez el mensaje no sea bueno ni amable, tal vez no sea intenso, o tal vez no tenga ni una pizca de sabiduría; pero si logramos observarlo desde el silencio, habremos aprendido algo que rápidamente nos ayudará a cambiar.

Tapar los agujeros: un ejercicio práctico

Un caldero con agujeros solo se soluciona tapando los agujeros. Tenemos que observar qué superficialidades nos están despistando. Si cada vez que alguien nos habla nos fijamos en la ropa que lleva, en su estilo de vida, en su peso, en sus gestos, en su apariencia, o en todo lo que podría hacer y no hace, y no somos capaces de escuchar a la persona en sí, estamos ante un agujero de atención. La persona gritará, moverá su vida entera, hará lo imposible por ser escuchada, y aun así no podremos hacerlo. Lo mismo ocurre cuando un maestro, por más que dirija sus palabras con sabiduría y acierto, tiene alumnos enfocados en cosas externas y superficiales: tendrá que repetir una y otra vez lo mismo, porque no hay escucha sincera ni atenta.

Como ejercicio para tapar los agujeros, primero hay que descubrir cuáles tenemos. Si nos hablan de comida, ¿por qué respondemos con el clima? Si la vida nos muestra una mariposa, ¿por qué pensamos directamente en «transformación»? Intentemos centrarnos lo más posible en las cosas tal cual son, con una atención profunda, poniendo nuestro ingenio y nuestra energía en ese enfoque.

Quien tenga este tipo de fugas de atención podría, por ejemplo, anotar todo justo después de las sesiones o clases —y no durante ellas—, para lograr una atención completa mientras las vive. Como al principio esta forma de atención se agota con facilidad, es bueno comprender la dispersión que puede aparecer al cansarse, y respetar el propio cuerpo y sus ritmos para poder sostener un trabajo más profundo. Puede ocurrir que escuchemos lo mismo una y otra vez sin entender nada; entonces lo único que queda es volver a escucharlo en silencio, tal vez a oscuras, a solas, meditando sobre ello sin pensar, sin emociones, sin intención alguna. Una epifanía solo ocurre cuando hay una escucha profunda.

La escucha como hábito de vida

La escucha profunda debe desarrollarse como un hábito de vida: escuchando hacia dentro y hacia fuera, escuchando cada uno de nuestros pensamientos y emociones, nuestras verdaderas intenciones, y discerniendo entre lo que surge de nosotros y lo que nos llega desde fuera.

Así comprendemos que, si algo nos duele desde hace años y el dolor continúa, es una señal de que no lo hemos escuchado. Si una persona no tuvo amistades en la infancia y, con los años, sigue sin tenerlas, es algo que tampoco ha escuchado. Algo sigue resonando con fuerza, algo grita en nuestra vida, porque no hemos escuchado con profundidad el problema: por qué ocurre, por qué se repite.

Las emociones, las actitudes y los pensamientos generan estilos de vida, y estos, a su vez, generan problemas de salud. Una escucha profunda nos permitiría cambiar esas emociones, esas actitudes, esos pensamientos, y con ellos, los estilos de vida y lo que muchas veces termina expresándose en el cuerpo.

Una persona que cada día pone su atención en cómo es su cuerpo —el peso, la forma, la apariencia, los problemas— no está viendo algo, porque su vida la obliga a mirar siempre al mismo sitio. Una persona que cada día discute de la misma manera, una madre o un padre que insiste siempre en lo mismo culpando a sus hijos de no entender, tampoco está escuchando, tampoco está viendo. Entonces el mensaje tiene que repetirse una y otra vez, hasta que finalmente se escucha.

Cuando hay un agujero en nuestra atención, toda la energía se va rápidamente en una atención dispersa que nos resulta negativa. Y cuando observamos que a quienes nos escuchan les ocurre lo mismo —que su atención se dispersa, que no comprenden lo que decimos, que no lo escuchan y hay que repetirlo una y otra vez—, podemos cambiar la forma de enfocarlo. Buscamos entonces que quien tiene que escucharnos alcance una escucha profunda, enfocando su atención sin dilación. Tal vez no importe tanto en qué se enfoque: por eso suele usarse el cuerpo, porque muchas veces resulta más fácil centrarse en él. Así, generamos movimientos, cambios de temperatura, situaciones donde el cuerpo deba recibir toda la atención. La persona está cansada y no puede hacer otra cosa que escuchar su cansancio; o tiene calor, y no puede hacer otra cosa que escuchar su calor. Y eso es perfecto, porque esa escucha, esa atención, le enseña a enfocarse sin tanto esfuerzo. Después retiramos el frío, el calor, el elemento físico —retiramos el yoga, retiramos el cuerpo— y la persona ya ha logrado una atención completa: puede enfocarse en el vacío sin problema. Pero si antes no ha alcanzado un enfoque completo, será muy difícil que pueda recibir un mensaje realmente trascendental.

Cuando todo lo que escuchamos queda ajeno a nosotros: un caldero lleno

A veces una persona tiene la mente llena, el corazón lleno. Cree comprender su vida a la perfección. Tal vez ya aprendió, ya leyó, tal vez ya siente que lo sabe todo. Entonces no escucha nada, porque su mente está llena: recibe el mensaje y lo compara de inmediato con uno que ya tiene.

Es posible que las experiencias del pasado le hayan servido, pero no las liberó; no permitió que esas experiencias y enseñanzas se convirtieran en transformación, y por eso ahora le llenan la mente. Es así de sencillo.

Una persona vive una experiencia, buena o mala, intensa o suave, disimulada entre mil situaciones o completamente clara. Es una experiencia. Cualquier experiencia es una puerta hacia un despertar de conciencia. La tenemos, y rápidamente la soltamos, sin quedarnos aferrados a ella, porque la experiencia no es más que la manilla de la puerta: no es la puerta, ni lo que hay al otro lado de la puerta. Solo es la manilla. Cuando nos aferramos demasiado a ella —tanto a las sensaciones como al conocimiento que nos deja—, la experiencia se convierte en un bulto más que arrastrar por la vida, hasta que somos lo bastante lúcidos como para soltarlo. Es entonces, al liberarnos, cuando ocurre la transformación.

Cuando una persona tiene la mente llena de conocimientos, esos conocimientos ya no son sabiduría: se convierten en un obstáculo.

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