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Inteligencia emocional

El Miedo

Nuestro miedo parece un gusanillo que durante siglos se escondió en el estómago sin dejarnos respirar. No parece un buen amigo aunque por momentos puede ayudarte a ser precavido.

Paraliza, envejece, te hace mentir y apartarte de lo que puede ayudarte.

El miedo ensombrece la luz del corazón y no te deja ser libre.

Todos tenemos miedo. Ni si quiera aquellas personas que logran superar duras pruebas de valor logran acabar con el miedo.

Hay quienes tienen miedo a lo que no ven, otros a la soledad, otros pueden tener miedo a perder el control, la autoridad o a los cambios. Es natural tener miedo.

Igual que es natural tener rabia, dolor o tristeza.

Sin embargo muchas veces confundimos el miedo con una verdadera señal interna, confundimos el miedo con la intuición. Una señal, una voz de alarma, un sueño, y ya creemos que la intuición nos habló a través del temor.

Sin embargo ahí esta el miedo, escondido. Y si no lo reconoces, no podrás actuar ante él.

Cuando una persona logra separarte de otros, lo hace a través de tu temor. Basta con que te haya contado algo, algo que supuestamente pasó, o algo que ocurrirá, y el gusanillo en ti crece y genera el miedo suficiente para que te apartes sin buscar mayor sentido.

Es posible incluso que aquello que más te ayude te genere temor: un maestro o maestra iluminado, un compromiso, un trabajo comprometido, un camino de superación personal. Aquello que te ayuda a crecer es muy normal que te genere miedo. Posiblemente porque al actuar ante ello, el miedo te avisa que la decisión es importante. Si escuchas adecuadamente tu temor, podrás actuar y tomar una decisión desde la paz, pues conocerás dónde está el obstáculo, sin en ti o fuera de ti. Si no escuchas el miedo posiblemente todo se derrumbe antes de tiempo o el miedo crezca sin que te des cuenta.

¿Pero que ocurre cuando te da miedo lo que amas? ¿Por qué algunas personas sienten miedo ante relaciones auténticas? Por ejemplo de sus familiares, sus buenas amistades o de aquellas personas que se enamoran. Entonces, si no logras entender cómo es tu temor y superarlo, el miedo intentará apartarte generando razones para volver a dejarte solo.

Posiblemente el problema vaya mucho más allá. Ya en la infancia, en los primeros meses de gestación y en los primeros meses nada más nacer, donde se forma en nuestra mente el reflejo a los primeros miedos.

Si en los primeros meses de gestación hubo miedo a que nacieses, hubo miedo y duda ante el nacimiento, incluso se vio la posibilidad de abortar, este miedo quedará gravado en el inconsciente de la persona quien probablemente tendrá temor ante el amor a la vida, el compartir, la unión, la calidez, el respirar… de la misma manera si en los primeros meses de vida, tres o cuatro, no más, el bebé no sintió abrazos suficientes, o los cariños estaban rodeados de discusiones y conflictos, esta situación quedará igualmente gravada y con los años la misma persona también podrá generar un miedo en las relaciones. Apartando a quienes ama sentirá que no sufrirá. La duda crece y pone excusas de muy diferentes formas: esa persona no actúa bien y por ello me alejo, no va bien vestida, piensa diferente que yo, es diferente a mi… sin embargo son excusas que anteponemos al amor.

El amor no surge de la perfección de las relaciones, sino exactamente de las diferencias. Es la fuerza que une, no aquella que separa.

Contraria al temor, la fuerza del amor te une a la verdad.

Cuando alguien vive en el temor se aparta de casi todo lo que le rodea. Se protege incluso de los que ama, se protege de energías que no ve o de cosas que no han ocurrido.

Cuando alguien vive en el amor irradia calma, confianza y con fe abraza todo aquello que se acerque a su vida.

Quien pretende luchar, quien entra en batallas oscuras, quien esconde, quien miente, de una forma u otra oscurece la luz de su corazón con el temor.

Quien confía, quien dialoga, quien busca la verdad dentro de su corazón, vibra en el amor y se abre a la luz que desde todo y a todo llega.

Con esto no digo que sea mala la protección, sino que puede ser una razón más del ego actuando a través del temor, para separarte de lo que te rodea.

Una hermosa forma de actuar ante lo que crees que puede dañarte es irradiándolo con la propia luz de tu corazón. No canalizas para esto una energía separada a ti y la entregas, sino desde tu corazón escuchas y permites que aquello que se acerca a ti te transforme al igual que tu transformas todo lo que te rodea.

¿Cuándo vivimos más en el miedo? Cuando más alejados estamos de la verdad.

Para disolver el miedo no es necesario regresar a sus causas o ir al pasado, sino simplemente buscar en ti cómo actúa ese miedo. Cómo es su estrategia.

Comenzamos siendo sinceros. Completamente sinceros. En una relación uno dice abiertamente lo que siente y piensa de sí mismo y de la otra persona. En una relación donde hay temor uno se calla. Tal vez espera que el otro se equivoque, o cree que el otro nunca entenderá lo que se le va a decir. Donde hay sinceridad se supera la arrogancia y la hipocresía. La nuestra y la de la otra persona. Cuando somos sinceros nos sentimos tranquilos porque ya no hay nada que ocultar.

Es posible que alguien haya sido completamente sincero contigo, te haya abierto su corazón, y tu sin embargo te enojes con esa persona, te apartes y la temas de alguna manera, o la juzgues, que es lo mismo. Es señal que esa persona, a su manera, superó el temor, sin embargo tú no. Por eso tal vez te apartas, porque quieres ver otra realidad, porque no quieres algo completamente sincero y honesto.

Puede ocurrir que la otra persona haya abierto su corazón a través de mentiras, engaños. Haciéndote creer que era lo que no era, que superaba tus expectativas o que a través de esa amistad lograrías todo lo que soñabas y con el tiempo descubriste que también era todo mentira. También esta situación te ayuda a descubrir tu miedo: tú esperabas, tu buscabas que se equivocase o que fuese real. Cuando uno escucha, cuando realmente desde el corazón miras a la otra persona, no esperas que cumpla tus expectativas, sino las suyas! ¿Por qué la otra persona va a ser aquello que tú esperas? ¿Por qué va a ser exactamente para ti? Ahí está el temor disfrazado de engaño.

“Le escuché, pero no me decía la verdad” . “Estuve a su lado, sin embargo todo fueron engaños por su parte” Afirmaciones similares habla de tu propio autoengaño. Escuchar al otro no es escuchar lo que tenga que decirte a ti, sino escuchar igual que escuchamos el río correr. No queremos que el río sea adecuado para nuestra vida, que sea más ancho o más estrecho, que su sonido sea más alto o que su agua más limpia. Sentados ante el río simplemente lo observamos, lo admiramos y lo escuchamos.

El río no está ahí para nosotros. No nos va a decir la verdad, no nos mostrará todas sus caras. Es el río. Fluye, se transforma. Si no es lo que queremos que sea, si no se adapta a nuestras necesidades nunca es problema del río sino nuestro problema que esperamos algo de él.

Igual en la otra persona. Al escucharla no escuchas sólo lo que tenga que decirte, ni intentas conocer todas sus caras, no analizas, no investigas. Al escuchar, al mirar, estás presente con tu corazón.

Ocurre igual que a veces nos sentimos solos porque en el alrededor no hay nadie como nosotros, y en una burbuja de soledad más y más nos apartamos de todo aquello que se nos acerca. Estamos solos. Nos sentimos completamente apartados. Nos aterroriza nuestra propia soledad de la que no somos capaces de escapar. Buscamos relaciones como sea que se nos presenten, buscamos amistades donde no las hay, buscamos incluso agarrarnos a la maternidad y paternidad como sea para escapar del horrible espacio de temor y soledad que hemos construido. Sin embargo el miedo continúa ahí. Con diferentes formas. La base de toda esa angustia, de esa búsqueda inagotable, es el miedo ante el cual debemos aprender a actuar antes de continuar agarrándonos a situaciones y relaciones dolorosas que se fundamenten en el miedo y no en el amor.

Por último, aunque el temor adquiere muchas formas en las relaciones, quiero hablar del temor disfrazado de orgullo. Aquella persona que se siente superior, que se separa del resto porque subestima la vida. El temor adquiere un disfraz de arrogancia y tras esta máscara encontramos un niño o niña asustado que no sabe dónde tiene que ir. Con miedo a su soledad, a su independencia y sobre todo a su liberad, uno se viste de poder. Un poder vulgar que no tiene ningún autocontrol. Un poder frágil y limitador. Si no logramos ver el miedo tras este falso poder, el orgullo continuará creciendo separándonos del resto, creándonos situaciones de falso autoconfor donde nuestras propias mentiras nos ayudarán a creer que estamos en lo cierto. “Estoy mejor solo que con este tipo de personas” “Esa persona no merece alguien como yo” “Si no eres de esta forma yo no podré quererte”

El miedo buscará la estrategia de continuar teniendo el poder. El control.

Se alimenta así de tristeza, autocastigo, juicios…

La soledad es una medicina indispensable para ser feliz en la vida. No una soledad constante pero sí que cualquier instante de soledad, aunque sea en grupo, se viva desde el enriquecimiento y la libertad.

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