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Inteligencia emocional

Desarrollando seguridad en uno mismo

Por un día descansa del esfuerzo constante de ser la mejor versión de ti mismo y descubre que ya eres la mejor versión de ti mismo, sin necesidad de demostrarlo al mundo.

Posiblemente la inseguridad sea uno de los conflictos mayores de la personalidad y que mejor se esconde detrás de formas que aparentemente muestran lo contrario.

La constante reafirmación con grandes actos extraordinarios, la mirada continuada en la imagen impecable, la actitud correcta, la entrega, la generosidad excesiva, la compasión basada en la empatía del dolor, la incesante necesidad de ser amado, el temor a la soledad… muestras de inseguridad en la necesidad de ganar tanto dinero, o de gastarlo de extrañas formas, la incapacidad de tener amigos reales, la frialdad en relaciones cobardes donde no hay crecimiento, ni sueños comunes, ni nada en común salvo la seguridad de que alguien camina a tu lado, la necesidad de contar cada uno de los “pecados” o ideas nuevas que pongan en peligro la vida, o para demostrar que hay algo nuevo y valiente, o para reafirmarnos a través de la bendición ajena, o para pedir consejo para superar nuestras dudas constantes, y sobre todo el temor, el temor a no hacerlo bien.

La inseguridad se esconde tras muchas máscaras que aparentemente muestran todo lo contrario, pero señalan en definitiva una pobreza espiritual y un temor a no ser suficiente que reclama al mundo atención y cariño.

Por esto es dificil tratar la inseguridad en sí, pues en muchas personas aparentemente muy fuertes, capaces, seguras de sí mismas, o personas que aparentan tener un gran corazón y siempre estar dispuestas a ayudar, tras su actitud heróica o perfecta, se esconde una sensación de limitación, de temor a ser menos, orgullosas, arrogantes y controladoras, esconden en secreto esa sensación de inferioridad.

La inseguridad nace en la falta de humildad. Uno no se conoce, por tanto no conoce ni sus capacidades ni sus limitaciones. Pues confundimos la humildad con la sensación de ser pequeño, pero realmente humildad es la capacidad de reconocer los propios límites, y esta falta de reconocer hasta dónde uno puede llegar verdaderamente, hacen que intentemos llegar a donde no podemos llegar o que no creamos lo que somos capaces de hacer, o que nos obliguemos a asumir retos solo para demostrarse que puede hacerlo.

La inseguridad no se supera con autoestima como dolemos creer, sino que se enmascara más y más, la inseguridad se sana y se libera con humildad y autoconocimiento.

Dejando de perfeccionarnos, de intentar cambiarnos a nosotros mismos y al otro, dejando de esforzarnos tanto por ser la mejores versión de nosotros, o por hacer siempre lo mejor, y por un día, descansando en lo que siempre hemos sido, puramente naturales. De una forma humilde mirando hacia dentro y reconociéndonos tal cual somos con nuestros defectos y nuestras virtudes. Entonces surge la seguridad, una profunda seguridad basada en el verdadero conocimiento de uno mismo. Una seguridad en lo que sentimos, lo que hacemos, lo que decidimos. Pues cada decisión, a partir de aquí, no nace en el temor, ni en el deseo, ni en la arrogancia, sino en nuestra naturaleza.

Pero, hablo mucho de la naturaleza y rara vez se entiende que es. Tal vez comprendamos que naturaleza es algo salvaje, descontrolado, animal, instintivo. Pero la naturaleza es aquello que se da sin esfuerzo, en perfecto equilibrio con todo. Lo que surge cuando nuestra mente, cuerpo y espíritu están en equilibrio, lo que surge cuando estamos en equilibrio con nuestro alrededor. Naturaleza es el sol cada día abrigando sin esfuerzo, naturaleza es el cuerpo que nace y sonríe, naturaleza los ojos que ven, los brazos que agarran, los pies que pisan. No hay esfuerzo y se da. De forma natural la persona se pone de pié un día, no lo imita, no es un instinto sin más, es el cuerpo sin esfuerzo por intentar ser ni por dejar de ser. Naturaleza son las personas en generosidad, compartiendo, amando, empatizando, no hay esfuerzo.

En un aspecto espiritual, naturaleza es todo aquello que se manifiesta como fruto del aspecto creativo de la consciencia. Es una manifestación. En el taoísmo se habla de naturaleza como aquello que surge de la esencia, tanto lo que concierne al cielo, como lo que concierne a la tierra, como lo que está entre el cielo y la tierra. No hay lucha en ello, sino un continuo movimiento que se manifiesta en equilibrio con todo lo demás.

Para nuestra civilización, la sociedad, la forma de vida en general, nos aleja de la naturaleza esencial, pudiera decirse que muchas veces actuamos en contra de ella, o incluso que creemos más sabio cambiar esa manifestación. Millones de personas sufren a diario por no comprender su propia naturaleza y buscan con esmero cambiar lo que son para intentar ser cualquier otra cosa.

Amarse conlleva aceptarse, y aceptarse conlleva saber como uno es. No puedes aceptar algo que no conoces. Igual que no puedes amar completamente aquello que no aceptas o que no conoces. El amor profundo exige años de encuentro y búsqueda, surge del conocer y reconocer. El error del trabajo de autoestima común es creer que tenemos que aceptar a ciegas, amar a ciegas lo que somos, pero es imposible amar a ciegas, hay que conocer, escuchar, comprender. Y conocernos es un trabajo de toda una vida que implica honestidad y humildad.

De este sendero de autoconocimiento, surge la seguridad en uno mismo.

Los frutos de la seguridad en uno mismo son una mente despejada y clara, la capacidad de tomar decisiones y la voluntad de llevarlas a cabo, relaciones saludables y en equilibrio, responsabilidad, respeto y autoestima, y la capacidad de amar y la confianza sin temor.

Y es fácil lograr esto, pero es importante dar los pasos correctos, no empezar por el tejado imitando las actitudes de personas que consideremos seguras de si mismas, pues tal vez su seguridad tan sólo sea una máscara que disimule tras grandes acciones, el miedo a no ser suficiente.

Es importante empezar desarrollando una mirada hacia uno mismo humilde y honesta. Una constante auto-observación que nos permita reconocer el verdadero origen de nuestras decisiones.

Por ello establezco tres pasos sencillos:

Descubriendo la inseguridad

El primero comprender y reconocer dónde hay falta de seguridad en uno mismo, cómo nos afecta y cómo está afectando a nuestro alrededor. Tal vez tengamos inseguridad sólo en un campo, o tal vez la inseguridad enraizó en diferentes aspectos de nuestra vida.

La falta de seguridad en el trabajo la tendrán aquellas personas que intentan trabajar de más, les faltan horas en el día para hacer todo lo que querrían hacer, nunca ganan lo suficiente para todo lo que se esfuerzan y no se quejan ni comprenden que viven para trabajar. A veces pudiera ser que creen que trabajan sólo unas 6 horas o menos, pero realmente de una forma práctica dedican su tiempo al trabajo, a organizarlo, a prepararse.

Cuando llegan al trabajo se transforman y crecen demostrando que nadie puede hacerlo tan bien cómo ellas, se hacen imprescindibles, indispensables. Sin descansar siempre dan lo mejor de ellas mismas e incluso se olvidan de las vacaciones o el día que están. Pueden acabar adictas al móvil o a las tecnologías, pero tras eso se esconde la necesidad de estar siempre a punto, siempre dando lo mejor de uno.

Otras veces, al contrario, la falta de seguridad les hace no lograr los objetivos, sentir que no son suficientes y dejar de hacer un millón de cosas por miedo al fracaso. Aquellas personas que se conforman casi con cualquier trabajo creyendo que no serían incapaces de hacer nada más. O que si falta dinero en su sueldo no se quejan jamás. Quienes sienten que fracasarán antes de intentarlo, quienes regalan sus ideas o prefieren trabajar siempre para otros. Tal vez quienes llevan toda la vida trabajando en un negocio familiar sin que les guste, simplemente por el temor de decir a la familia que no aman lo que hacen o por el miedo de continuar su camino en solitario.

La falta de seguridad en uno mismo en las relaciones se manifiesta en las personas con dependencia emocional, con crisis afectivas, con apego, con una constante preocupación hacia el otro.

Aquellas personas que sufren por el dolor ajeno, quienes constantemente se preocupan por los demás y se olvidan de su propia vida por ayudar. Quienes lo dan todo por los otros. La inseguridad la encontraríamos en las personas que no son felices a no ser que vean bien a todos cuantos les rodean. Esforzándose de más por todos los demás, personas que dejan su profesión o su camino de vida, tan sólo por que otros se lo piden.

También quienes no tienen relaciones o mantienen relaciones a distancia, quienes parece que gustan de estar solos pero en el fondo preferirían estar con alguien. Quienes se enamoran o aman a quien vive lejos o a quien no es alcanzable.

Pero sobre todo quienes mantienen relaciones que no son “peligrosas”, relaciones que no generarán ningún cambio en nuestra vida o que no nos aportan nada. Esas personas que no comparten realmente nada profundo con las personas con quien mantienen relaciones más cercanas, o que aquello que comparten tan sólo les ayuda a mantenerse en su zona de confort. Las relaciones vacías donde no hay amor, ni realmente una buena amistad, ni creatividad, ni un proyecto en común, sino tan sólo la sensación de que alguien está con nosotros.

Y por último son una muestra de gran inseguridad todas las relaciones de dependencia y codependencia emocional, donde uno ama a las limitaciones ajenas, intenta cambiar al otro, ayudarlo, potenciarlo, olvidándose de sí mismo completamente. Quien se enamora de alguien adicto, agresivo, pasivo agresivo, endeudado, limitado en cualquier forma o incluso discapacitado, pero no se enamora de la persona, sino de su dificultad y de la relación de ayuda y dependencia emocional y física que pudiera generarse. Desde el principio se vuelca en ayudar, en dar lo mejor de sí para que el otro sea feliz. Entonces la persona no logra ver o amar al otro como un ser completo, desde el inicio ve la dificultad y ama al otro como alguien limitado y necesitado de amor.

La inseguridad se manifiesta incluso en aquellas personas que en medio de una relación aparentemente sana, la otra persona enferma o decae en una crisis y se estanca junto al otro sin poder avanzar, limitándose con las limitaciones ajenas, incluso pudiera ser que el compañero salga de la crisis pero la persona con inseguridad se paralice en aquello que sintió que ni si quiera era suyo, estancándose en el temor, en la ansiedad o en la depresión.

En la mente la inseguridad se manifiesta como las personas en constante crítica, que necesitan reafirmarse mirándose al espejo, comparándose con los demás, juzgando o despreciando. Necesitan encontrar errores ajenos y parece incluso que crecen cuando otras personas lo pasan mal. Quienes necesitan tener un aspecto perfecto, incluso dañándose, operándose realizando sacrificios increíbles para convertirse en aquello que creen que demostrará que son lo que no son.

También aquellas personas que cuando hablan manifiestan sus dudas, sus temores, que buscan el consejo ajeno y que piden ayuda para tomar decisiones esenciales de su vida. Pensando que no sabrán elegir bien, se apoyan en amistades que juzgan su vida y a los demás manteniendo un vínculo de dependencia. Quienes no creen en sus ideas y nunca las llevan a cabo, o quienes nada más dar un paso, tienen que contárselo a todo el mundo para demostrar que lo han logrado, o para conseguir la aprobación.

Una mente insegura a veces es catastrofista, piensa que nunca logrará nada, o de pronto cree que podrá conseguirlo todo. Se siente frustrada constántemente en planes absurdos o se niega el derecho a arriesgarse justo en aquello que no logre transformar.

Es inseguridad copiar, tomar las ideas ajenas como propias, apropiarse de los méritos ajenos. Y mucho más cuando se llega a dañar o humillar públicamente a la misma persona que se ha “robado” la idea para reafirmarse en la propia autoría de algo que uno nunca creo. En estos casos el inseguro “copia” una idea, y en la envidia que surgió sin sanar, habla mal del otro, o le da la espalda delante de los demás.

Cuando conocemos a una persona que nunca muestra sus sentimiento estamos ante alguien con inseguridad, cuando alguien no logra llorar en público, o no sabe ceder, cuando no sabe pedir perdón o ni si quiera reconoce sus errores. Detrás de esa máscara de rigidez, hay inseguridad.

También es una muestra de gran inseguridad aquella persona que cree haber nacido “especial”, con un don natural, con una misión de vida o con un camino único. Quien no cree en su recorrido de vida, o lo olvida, olvida agradecer, y cree que todo surje porque lo merece sin más. La inseguridad hará que uno necesite encontrar un sentido propio y auténtico que le diferencia del resto, para lograr ser alguien, porque en el fondo, existe la sensación de que uno no es nada, no vale nada, y en ese sentimiento de pobreza se sostiene la inseguridad que dará pie a la búsqueda de un crecimiento personal falso y codicioso.

La inseguridad tiene muchas caras, muchas formas, y una persona mostrará inseguridad en aquellas áreas que no conozca de si misma. No aquellas que sienta que no están bien, sino simplemente las que no conoce. Si por ejemplo la persona muestra inseguridad en el trabajo, ya sea por su necesidad de perfeccionamiento, como por el estancamiento profesional, lo que muestra es que no conoce sus limites, o sus actitudes y aptitudes. No sabe qué tiene que hacer, cuándo, o cómo, no sabe cuándo parar, o cuándo iniciar.

Desarrollando seguridad en uno mismo

El segundo paso es el desarrollo de una actitud de confianza basada en el autoconocimiento y la humildad.

Una vez comprendido dónde está la inseguridad y cómo se manifiesta en nuestra vida, comenzamos un trabajo de descubrir bajo esas raíces de la inseguridad cómo somos realmente, aprendemos a realizar una crítica y una autocrítica real, y buscamos comprender cómo cambiar no desde el esfuerzo, sino desde la confianza en nosotros mismos. Aceptamos y nos adaptamos a nuestra situación.

Por ejemplo, aprendemos a delegar, comprendiendo que todo no lo podemos realizar solos. O aprendemos a centrarnos en las áreas realmente primordiales, y diferenciar entre las prioridades, todo aquello que podemos posponer y todo aquello prescindible. Organizamos y aprendemos a ordenar.

También pudiera ser que tangamos que aprender a guardar secretos, comprendiendo que no siempre contar algo sirve para compartir, sino que es más bien como abrir una herida vieja y permitir que el juicio ajeno ensucie aun más nuestro antiguo dolor emocional. O aprender a quién compartir qué, cuándo, en qué tono y con qué objetivo.

Mientras transformamos nuestra actitud sin esfuerzo, vamos desarrollando la humildad de reconocer nuestras limitaciones, pero también nuestras virtudes, nuestros dones naturales, nuestras capacidades.

Desarrollando la confianza

Por último, para lograr recuperar la seguridad en uno mismo, hay que aprender a confiar.

Confiar no es solamente cerrar los ojos y permitir que el otro te lleve, ni apoyarte en los demás o dejarte caer. Confiar también es comprender que muchas decisiones serán erradas, decisiones propias y ajenas, y confiamos en que nosotros o el otro, se equivocarán en la vida, y se equivocarán un millón de veces. Y eso es normal, es natural.

Confiamos en las equivocaciones ajenas, igual que confiamos en sus proezas.

De nada sirve confiar en que el otro lo hará bien, eso no es confiar. Confiar es comprender que el otro hará lo que pueda. Y confiar en uno mismo es confiar en que haremos lo que podamos, no lo correcto, no lo mejor, haremos lo que podamos en cada momento porque siempre, en cada momento, hacemos lo que podemos y no más.

Entonces nos apoyamos en el otro, no como una persona perfecta, leal, estable, completa, sino como alguien imperfecto, pero completo y libre.

Y entonces, con seguridad, nos apoyamos en nosotros mismos, como una persona imperfecta, pero completa y libre.

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