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Chamanísmo

La conexión con la Naturaleza: Escuchando el bosque

Cuando el bosque se incendia, todos lloran: los pájaros, los ciervos, los lagartos, los caracoles, lloran desconsoladamente, y los árboles se despiden con tranquilidad. La montaña, mientras se observa a sí misma consumiéndose en el incendio, pide a las otras montañas que se protejan. Pocas personas saben que las montañas hablan. Pueden llegar a imaginar que un árbol llore, tal vez que tenga voz, pero no una montaña, ingenuos. Qué sabrán. Todo en el Universo habla menos la testaruda voz del ego, que sólo reclama.

Cuando la montaña habla no importa tanto que dice, sino su presencia. Habla con sus compañeras las otras madres. Pocas montañas residen en soledad, en medio de una planicie, y las que lo hacen, son montañas mágicas, poderosas.

Todas las montañas saben que el incendio es una cura, una sanación, no tienen miedo al fuego, sin embargo cuando ese incendio viene de forma natural, lo agradecen y le cantan al fuego, y cuando ese incendio viene de la descuidada e inoportuna mano del hombre, entonces lloran y se lamentan. Los bosques tienen ciclos de más de cien años. Ciclos de existencia con vida mucho mayor que aquella que los hombres podamos recordar. Sus guardianes son seres anciano que sólo son relevados cuando alcanzan su máxima transformación hacia la luz. Así los bosques son refugios de magia, transformación, vida. Los que allí viven todo lo cuidan y lo protegen.

Tal vez nuestra visión de los duendes esté muy caricaturizada por tanta película y leyenda falsa. Es muy real la jerarquía dévica y elemental, y comienza en el más indefenso y pequeño elemental de la tierra y los minerales, tantas veces llamados gnomos aunque entre ellos hay multitud de pueblos y diferencias en las que no voy a entrar. Todos y cada uno de los seres que viven en el bosque son gobernados por un gran regente, un gran protector que les cuida, regente de un príncipe o una princesa de luz que alberga la montaña, un puro cristal de luz que algún día madurará y se elevará junto con todos los seres hacia un plano superior.

El guardián o la guardiana del bosque no está solo, siempre tiene sus compañeros de los bosques cercanos, tienen sus peleas, sus amoríos, sus cuentos de nunca acabar. Sus vidas son tan largas que siempre inventan alguna forma de embriagar su corazón con dulzura y picaresca. Los guardianes se muestran jóvenes, mucho más jóvenes que las ancianas o los ancianos montes y montañas, sierras, picos y cumbres elevadas. Las grandes madres y padres que desde las alturas contemplan el horizonte tienen una inteligencia mucho más sabia y despreocupada.

No se entretienen jamas en un asunto que no sea.

Las montañas te ven llegar, te aceptan o no. No depende de quién seas, ni de tu recorrido, ni de su capricho, ellas ven tu energía, la captan con tranquilidad y puede ser que te den permiso para ascender a su cumbre o pasear en su ladera.No entran en los tejemanejes de los duendes, de las hadas, en los amores eternos de las ninfas ni en los llantos y las alegrías de las sílfides o las ondinas. No entran en los juicios y engaños de los humanos y muy pocas veces actúan ante los animales heridos, puede ser que alguna vez, ante un cachorro extraviado, extiendan su mano y aguarden protegiendo hasta que la ayuda llegue.

Las montañas hablan, meditan, sonríen, conocen el sol, las estrellas, las lunaciones, conocen la historia y conocen lo que el hombre es capaz de hacer.

Si el bosque se incendia, lloran, lloran compasivas por todo lo que protegen, por todos los seres que en un sólo día han fallecido protegiendo sus creaciones: los árboles, las plantas, el cauce del río, los musgos.

Pasan los años y el bosque se replanta por la misma mano asesina, y aquella mano no sabe que al replantar los nuevos árboles continúa peleando contra la vida. El bosque tiene información en su interior, puede renacer, pero si se replanta renacerá peleando contra sí mismo. Tal vez esas no sean sus semillas, tal vez esas plantas no sean las que han de estar en aquel o ese lugar. El hombre no sabe, ignorando las leyes del cielo replanta un bosque, y por su puesto que piensa que eso ayuda, aunque tal vez sería mucho más sencillo no hacer nada. ¿Y qué tal vez uno no vea el bosque nuevamente en toda su vida? Claro que no, igual que la montaña tiene un ciclo vital inmenso, de siglos, de milenios, igual que el río tiene otro ciclo vital, el bosque tiene un ciclo vital, y tiene que “re-nacer”, no puede ser provocado este nacimiento, no se puede forzar.

El incendio no sólo destruye a los árboles, también muchas veces maltrata la tierra, y esta tierra aguarda una memoria y con esta memoria avanza en su camino. Igual que la piel que es quemada mantiene unas huellas del fuego que difícilmente se borrarán, unas huellas agresivas y duras al contemplar, la tierra del bosque guarda no tan oculto como muchos pensamos, una cicatriz de sus incendios, una cicatriz dura, fuerte, que le corrompe y le marca.

El humano, mientras no sienta esta cicatriz, no podrá entender la simple necesidad del bosque de quedarse solo, sin árboles, sin plantas, removido y conmovido, llorando unos días, unos meses, tal vez unos años, hasta que vuelva a renacer de forma natural. Y de esta forma todo se da mucho más fácil.

Habla con el bosque, escúchalo, siéntelo. Tal vez te cuente una historia de su semilla, de su origen. Tal vez no te cuente nada, tal vez no te permita entrar en sus caminos más secretos. Es muy probable incluso que ni si quiera te mire. Camina por el bosque y escúchalo. Allá donde vives, muy probablemente los bosques ya han sido talados, o incendiados, tal vez tú no lo sepas, sus devas y sus elementales, los que no murieron en la tala masiva de árboles, partieron seguro hacia otras tierras. Entonces se siente el bosque enteramente artificial, frío, sombrío. Su llanto es mucho mayor.

Tal vez no puedas ver a elementales apenas en él, porque tal vez apenas haya, pues estás en una tierra replantada, castigada, o dolida. Familiarízate con el bosque que tienes cerca, porque también habla de ti, de tu piel, de lo que te alimenta, de tu respeto y el respeto de tus antepasados hacia la vida.

¿Por qué se incendian los bosques? Fácil, los humanos hemos perdido el respeto hacia la naturaleza y la alteramos continuamente con nuestras acciones inconscientes, ya sea debilitando, forzando o simplemente castigando.

Cuando hablas con los bosques entiendes que hoy en día, casi ningún incendio es natural.

 

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