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Inteligencia emocional

Encontrando una razón para vivir

Muchas veces una persona no encuentra una razón para vivir. Allí donde había agua en su interior, esa energía limpia que brotaba de las profundidades de su ser e impregnaba todo de frescura y emoción, parece haberse transformado en algo que hiere, más bien seco, o dañino. Entonces hace falta recuperar el silencio.

Cuando hay gran ansiedad en nuestras vidas, o estrés. Cuando no sabemos porque hacemos las cosas y tan sólo sabemos que tenemos que hacerlas. Cuando ya no nos emocionamos o convivimos con personas que no se emocionan, no escuchan o no saben llorar, entonces tenemos que recordar el silencio.

Pudiera ser que nuestra vida, como un vendabal, se adentre en el tiempo de una forma dolorosa y dañina. Una acción continua tras otra acción, tras un pensamiento, tras una emoción. Todo apretujado, todo ocurriendo en un tiempo por una causa, con una dirección establecida, que podemos entender o no. Sintiendo que no tenemos vida, que no somos nosotros, que no cabemos en ese traje tan apretado del ego que nosotros mismos hemos diseñado de nuestra propia personalidad, tal vez inconscientes, dormidos o sin saber lo que hacíamos. Entonces escucha, si estás en esta situación escucha.

La vida no siempre parece ser lo que nos gustaría, muchas veces nos vemos en la obligación de hacer cosas que no nos gustan hacer, o nos encontramos conviviendo con personas que hemos olvidado porqué las elegimos. Escucha entonces.

La vida es más sencilla que eso.

Tan sólo necesitas una emoción que has olvidado. En este tiempo loco donde ocurren tantas cosas y todas a la vez sólo necesitas recuperar la capacidad de aburrirte.

Si, leíste bien, aburrirte.

El aburrimiento, el tiempo de espera, el tiempo que aparentemente no sirve para nada, contiene el potencial de toda una vida. Es un tiempo virtuoso y maravilloso que sólo una persona completa es capaz de apreciar.

Se nos ha olvidado por que existe el reloj, y el móvil, y el televisor, e internet, y también existen libros, y cuadernos donde anotar todo cuanto se nos ocurra, y existen bares, cines, teatros, conciertos, parece que cuanto más piense uno más correcto será todo. Entocnes, cuando ya no se te ocurre en que pensar, entonces puedes comprar, porque existen miles de tiendas diferentes, y centros comerciales, tiendas online. Y si aun así nada sacia la sed de rellenar el aparente vacío que uno siente por no encontrar sentido a tu vida, también puedes hacer deporte, hasta que te sientas mejor, o hasta que estés aturdido, o hasta que tu cuerpo cruja, y si aun así algo te duele por dentro, puedes mirar a otras personas hacer deporte.

Así convertimos pasear en hacer deporte, y convertimos estar con amistades en una tarde haciendo cosas, o convertimos pasar tiempo con nuestros hijos, en llevarlos de una actividad educativa a otra.

Recupera el aburrimiento. Abúrrete nuevamente. Apaga todas las sensaciones que llenan tu mente y recupera esos instantes de silencio contigo mismo.

Cuantos más sean mejor.

No se trata de meditar. Porque meditar es hacer algo, tiene un fin supuesto. Se trata de volver a no hacer nada.

Contemplar el asombroso instante de no hacer nada.

Cuando poco a poco cortamos, limitamos y analizamos con tanto ahínco cada emoción que tenemos, poco a poco vamos generando un simple vacío interior emocional, una incapacidad de empatizar, emocionarnos, llorar, reír, jugar o simplemente ser. No se trata de los traumas vividos. Muchos niños presentes no han sufrido ningún tipo de trauma pero al llegar a la adolescencia se afligen por esta extraña enfermedad que abunda en la población en este extraño tiempo que vivimos atados a las tecnologías. Simplemente su emoción ha sido condicionada, limitada, cortada, un día y otro había que dejar de jugar para ir al cole, había que dejar de reír porque el profesor lo decía, había que dejar de jugar porque había que ir a karate, o a inglés, o a futboll, o a música. Y luego había que dejar de sólo hacer nada porque había que cenar, la tarea, portarse bien, ducharse, lavarse los dientes, el pijama, la cama, el tiempo de juego controlado y los padres mirándote en el parque como subes y bajas del tobogán. Y la imaginación los martes de 6 a 7 de la tarde, en esa clase extraescolar donde sólo tiene uno ganas de llorar por lo miserable que es su vida, porque con 8 años esa semana sólo ha jugado 3 horas en total en los recreos de esa pequeña cárcel que llaman escuela. Pero si juegas de más, si ríes de más, te pueden dar tranquilizantes para que no te aflijas, como esos más de 26.000 niños que ya se medican tan sólo en Galicia, así llegan a tiempo a clase, a las tareas, a las obligaciones, al reloj, o al móvil que como premio dejan usar a los niños ese ratito los fines de semana porque se han portado bien. Luego llega esa extraña enfermedad innombrable en la que desaparece toda capacidad de emocionarnos, de la empatía. Que llamamos orgullo, o personas que van a lo suyo, o personas que no se comunican, o adictos a alguna tecnología, pero es más que eso, no saben llorar, ni reír, ni jugar, no empatizan con quien tienen al lado, no saben o no sienten hace tiempo. Dejaron de enamorarse y se juntan con otros nadie sabe por qué. Entonces no son amores, son amigos con derechos, y cada vez hay menos emoción, luego se ríen de la vida, de las obligaciones, de los demás, toda la ansiedad que surje por conseguir cosas que ni si quiera uno anhela, y la emoción cada día más extraña y sádica.

La vida no es un reloj. Aprender a aburrirse, a mirar la salida y la puesta de sol, es uno de los mejores regalos que podemos hacer a nuestros hijos.

Esperar el autobús sin mirar el móvil, sin juzgar, sin hablar de nada.

Estar al lado de un amigo sin tener que hablar por hablar.

Pasar dos semanas sin comprar nada.

Apagar esa serie a la que estamos enganchados y mirar a los ojos a la persona con la que apenas hablamos.

Reír. Reír hasta sentir que no podemos más.

Llorar porque sí, al lado de alguien. Sin tener una razón. Sin que nos pregunten que nos pasa. Simplemente porque nos hemos emocionado y es bonito así.

Ser.

Aburrirse es un don que debemos recuperar.

Ese tiempo habla de nuestra autoestima. De lo que amamos a quienes nos rodean. De todo lo que valoramos y de todo lo que tememos.

Piensa hoy, cuánto tiempo has pasado aburriéndote, cuánto tiempo pasarás sin hacer nada. ¿Cómo vas a vivir ese tiempo? Aprovéchalo, es un tiempo de SER. No lo limites creyendo que es más útil hacer algo, o pensar en algo, o tener una excusa, una razón, un dolor. Aprovecha el sinsentido de la vida, observa, escucha, capta, siente, respira, inhala. Sin esperar que ocurra nada. Tan sólo porque sabes que puede que no ocurra nada, y también eso está bien.

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